La represión en Cuba no siempre llega con golpes o cárcel. A veces basta una pregunta en redes sociales para que el aparato del Estado se active. Eso es exactamente lo que le ocurrió a Selena Lambert Ortega, una joven cubana de 24 años que hoy paga caro el simple hecho de opinar.
Tras ser interrogada esta semana por la Seguridad del Estado y liberada con una carta de advertencia, Selena sigue bajo presión constante. ¿Su “delito”? Publicar una encuesta en redes sociales donde preguntaba a quién preferirían los cubanos como presidente: Marco Rubio o Miguel Díaz-Canel. La respuesta no gustó en absoluto al poder. La votación dio como ganador al secretario de Estado estadounidense y, horas después, llegó la citación policial.
Selena, manicurista de profesión, ya es conocida entre muchos cubanos como “la chica de las elecciones simbólicas”. La encuesta fue eliminada bajo coacción, pero el castigo no terminó ahí. Este jueves, el comunicador Yosmany Mayeta Labrada confirmó que la joven fue expulsada de la vivienda que alquilaba junto a su pareja en Santiago de Cuba, tras presiones directas de la policía política sobre los propietarios del inmueble.
“Selena vuelve a pagar un precio alto por pensar, preguntar y ejercer su derecho a expresarse”, denunció Mayeta. Vecinos del reparto Veguita de Palo confirmaron que la pareja tuvo que abandonar la casa de manera abrupta. Nadie quiso dar explicaciones formales. Solo miedo, ese que el régimen ha perfeccionado como método de control social. “Decían que tenerla allí podía traerles problemas”, contó una fuente bajo anonimato.
No hubo documentos, ni citaciones, ni órdenes escritas. El desalojo ocurrió en silencio, como tantas otras veces en Cuba. Selena tuvo que mudarse a casa de familiares y empezar de cero, también en lo económico. Su trabajo como manicurista, su estabilidad y su tranquilidad quedaron en pausa por una encuesta que jamás debió ser motivo de persecución.
Por razones de seguridad, la joven no ha concedido entrevistas. Su historia se conoce a través de personas cercanas que la acompañan y que temen por su bienestar. El mensaje es claro: hablar, preguntar o pensar distinto tiene consecuencias, incluso si no militas, no protestas y no haces política activa.
Mayeta hizo un llamado público a la solidaridad, invitando a apoyar el trabajo de Selena. Más allá de lo económico, el gesto tiene un peso simbólico. En la Cuba de hoy, ayudar a alguien castigado por el régimen es también una forma de resistencia cívica. Es decirle al poder que no todo el mundo se deja intimidar.
Este caso deja al descubierto una verdad incómoda: la represión ya no se limita a opiniones “peligrosas”. Castiga la vida cotidiana, el techo, el sustento y la posibilidad de vivir en paz. Selena no pidió protagonismo ni privilegios. Solo hizo una pregunta. Y eso, en la Cuba de Díaz-Canel, sigue siendo imperdonable.
La revista feminista Alas Tensas también denunció el hostigamiento. Recordó que el uso de los arrendadores como brazo indirecto de la Seguridad del Estado es una práctica habitual, diseñada para asfixiar a quienes resultan incómodos al sistema. No es un caso aislado. Es una táctica vieja, eficaz y profundamente cobarde.










