Uniformes de Raúl Castro y Díaz-Canel revelaron el verdadero rostro del poder en Cuba durante la guardia de honor a los militares caídos en Venezuela

Redacción

La escena no fue improvisada ni mucho menos inocente. La presencia compacta de la cúpula militar cubana en el Aeropuerto Internacional José Martí, enfundada en uniformes verde olivo sobrios y sin adornos, fue un mensaje político frío, calculado y perfectamente ensayado. El duelo por los 32 militares muertos en Venezuela quedó en segundo plano. Lo que se mostró, sin disimulo, fue poder.

Raúl Castro, Miguel Díaz-Canel y José Ramón Machado Ventura aparecieron alineados junto a la élite del régimen y las FAR, todos vestidos con el mismo uniforme austero. Chaquetas cerradas, gorras de campaña y charreteras visibles, pero ni una medalla, ni una condecoración. Nada ahí fue casual. En el lenguaje interno del aparato militar cubano, cada detalle comunica jerarquía y control.

La única nota “distintiva” fue la charretera de Díaz-Canel, adornada con los colores de la bandera cubana. Un gesto simbólico para marcarlo como jefe formal, aunque flanqueado cuidadosamente por Raúl Castro a la derecha y Machado Ventura a la izquierda. Una imagen que grita sucesión vigilada, no liderazgo real.

En la gorra de Díaz-Canel destacaba su insignia como Comandante en Jefe del Consejo de Defensa Nacional. Fue el único cargo claramente identificable frente a las cámaras. Un recordatorio visual de que su autoridad no viene del pueblo, sino del engranaje militar que lo sostiene.

Machado Ventura, por su parte, llevaba en la charretera los colores rojo y negro del 26 de Julio, símbolos inseparables de la dictadura. Raúl Castro mostraba sus grados de General de Ejército bordados en negro, un detalle que algunos interpretan como señal de luto, pero que también reafirma quién sigue mandando en silencio.

El uniforme elegido no fue el de gala ni el protocolar. Fue el de formación, reservado para actos solemnes internos: funerales de Estado, aniversarios revolucionarios, rituales de reafirmación ideológica. Un uniforme “limpio”, sin medallas, diseñado para proyectar una supuesta humildad revolucionaria que ya no engaña a nadie.

En la narrativa oficial, la ausencia de condecoraciones no resta honor. En la práctica, sirve para borrar trayectorias individuales y subrayar una idea clave: aquí no importan las personas, importa la institución. La obediencia por encima del individuo, como ha sido siempre.

Nada de esto ocurrió en el vacío. Cuba atraviesa una crisis brutal, sin respaldo venezolano, con apagones, hambre y un malestar social que el régimen no puede ocultar. Frente a ese escenario, la respuesta no fue política ni económica, fue militar y visual. Verde olivo, filas cerradas y silencio.

La ceremonia de recibimiento de los restos fue también una puesta en escena de lealtad interna. Un mensaje hacia dentro y hacia fuera del país: el poder sigue blindado por las Fuerzas Armadas. Aunque la economía se derrumbe, el relato se sostiene a punta de uniformes.

Mientras las cámaras enfocaban charreteras y formaciones, quedaba claro que el acto no buscaba honrar a los muertos, sino tranquilizar a los vivos dentro del sistema. El régimen no lloró. El régimen se mostró fuerte. Y esa, precisamente, fue la verdadera noticia.

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