El regreso a Cuba del coronel Pedro Yadín Domínguez Álvarez, herido durante la operación estadounidense que terminó con la captura de Nicolás Maduro, dejó al descubierto más de lo que el régimen pretendía ocultar. En silla de ruedas, vendado y visiblemente golpeado, el oficial confirmó sin rodeos que las fuerzas de Estados Unidos los superaron ampliamente.
Lejos del discurso triunfalista que intenta vender la propaganda oficial, Domínguez Álvarez reconoció que el ataque los sorprendió dormidos, en plena madrugada. “Las bombas nos despertaron”, admitió, desmontando cualquier relato de preparación o control de la situación. No fue una batalla, fue un golpe quirúrgico contra un grupo claramente inferior.
El propio coronel terminó diciendo lo que durante años el régimen negó: los cubanos estaban allí apoyando directamente la seguridad personal de Maduro. No asesorando, no observando, no “cooperando”. Custodiando a un dictador extranjero, lejos de Cuba, mientras la isla se hunde en apagones, hambre y miseria.
Según su testimonio, el ataque incluyó aviones, drones, bombas y helicópteros Apache, un despliegue que calificó de “desproporcionado”. Pero lo más revelador vino después, cuando confesó que “no teníamos casi armamento”. Es decir, soldados cubanos enviados a una misión de alto riesgo, mal equipados y usados como carne de cañón para sostener a un aliado político del castrismo.
El relato del oficial insiste en que el objetivo estadounidense era no dejar sobrevivientes, pero los hechos hablan por sí solos: once cubanos murieron solo en ese punto, mientras el resto quedó herido o disperso. La supuesta “fiereza” revolucionaria se diluyó en minutos frente a una operación planificada durante meses.
Domínguez Álvarez fue evacuado a un hospital militar venezolano, donde tuvo que ser operado. Desde allí confirmó otro dato explosivo: entre los cubanos desplegados había civiles, personas sin formación militar, integradas a una misión de seguridad de alto nivel. Uno de ellos, Luis Alberto Hidalgo Canals, jamás fue militar, según su propia familia.
Mientras tanto, desde Washington, el general John Daniel “Razin” Caine describía la operación como “discreta, precisa y ejecutada en el momento más oscuro de la noche”, con participación de agencias de inteligencia y fuerzas especiales. Todo lo contrario al caos y la improvisación que se desprende del testimonio cubano.
La confesión del coronel deja al régimen desnudo. Mintieron sobre la presencia militar en Venezuela, mintieron sobre las condiciones de la misión y ahora intentan vender heroísmo donde hubo abandono y negligencia. Mandaron a cubanos mal armados a proteger a Maduro, y cuando todo salió mal, los convirtieron en propaganda.
Esta historia no habla de soberanía ni de dignidad. Habla de un régimen que exporta represión, sacrifica a su gente y luego intenta taparlo todo con discursos épicos. Pero esta vez, uno de los suyos dijo demasiado. Y ya no hay marcha, consigna ni consuelo que borre esa verdad.










