Cubanos desafían a Díaz-Canel que repita la frase que llevó a la caída de Maduro: «Atrévete y dile a Trump ‘aquí estamos, vengan a buscarnos'»

Redacción

Mientras Miguel Díaz-Canel se subía el tono frente a la Embajada de Estados Unidos en La Habana y retaba a Donald Trump y al secretario de Estado Marco Rubio, en las redes sociales ocurría algo muy distinto: los cubanos se reían. Y no poquito.

Durante la llamada “marcha del pueblo combatiente”, el gobernante cubano volvió al libreto gastado del enemigo externo, calificó a Trump de “emperador” y a Rubio de “infame”, y juró que Cuba no hará concesiones políticas. Según él, para doblegar al país habría que “secuestrar a millones o desaparecer a Cuba del mapa”. Dramático, épico… y completamente desconectado de la realidad.

Pero apenas terminó el discurso, el verdadero termómetro político habló: Facebook, X, WhatsApp y Telegram se llenaron de comentarios que mezclaban burla, cansancio y una dosis brutal de hartazgo acumulado.

Algunos pedían que fuera más claro con la provocación y soltara, sin rodeos, el clásico “aquí estamos, vengan a buscarnos”. Otros ironizaban con que no escucharon el discurso completo y se quedaron esperando la frase valiente y los “tres doritos después”. No faltaron los que hablaron de envíos “express” ni los que mencionaron fuerzas especiales como si se tratara de una serie de Netflix.

La comparación con Maduro apareció rápido, casi automática. Entre bromas sobre pasajes a lo desconocido, paroles imaginarios y dietas forzadas, muchos dejaron claro que el miedo ya no es el de antes. Lo que hay ahora es sarcasmo, descreimiento y una sensación extendida de que el show está perdiendo audiencia.

Otros fueron más directos. Que con llevarse al presidente bastaría. Que el pueblo no lo quiere. Que el cansancio es total. Que la miseria no se tapa con discursos. Que los verdugos del pueblo no se esconden detrás de consignas.

Mientras Díaz-Canel hablaba de fiereza y resistencia, la respuesta popular fue risa, hastío y burla. Una señal clara de que el relato épico ya no moviliza, no convence y, peor aún para el poder, ya no intimida.

En la Cuba de hoy, cada amenaza grandilocuente suena menos a desafío y más a nerviosismo. Y cada marcha “combativa” confirma algo incómodo para el régimen: la gente no está esperando una guerra, está esperando el final.

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