Miguel Díaz-Canel volvió a sacar el discurso de guerra que ya nadie le compra. Durante la llamada “marcha del pueblo combatiente”, organizada este viernes frente a la Embajada de Estados Unidos en La Habana, el gobernante cubano arremetió contra Donald Trump y el secretario de Estado Marco Rubio, a quienes calificó de “emperador” e “infame”, respectivamente, como si los insultos reemplazaran la realidad.
Según Díaz-Canel, ambos “no han parado de amenazar” a Cuba. En ese contexto, tachó de “grotesca” una frase atribuida a Trump sobre “entrar y destruir Cuba”, que interpretó —con el dramatismo habitual— como una supuesta incitación a la masacre de un país que, según él, “jamás ha promovido el odio hacia otro”. Un argumento difícil de sostener cuando La Habana lleva décadas exportando represión, militares y asesores a medio continente.
El gobernante insistió en reciclar la narrativa de plaza sitiada y aseguró que “el imperialismo nos hizo antiimperialistas”, una frase repetida hasta el cansancio para justificar el fracaso interno. Luego elevó el tono con una advertencia casi teatral: dijo que para someter a Cuba “tendrían que secuestrar a millones o desaparecerla del mapa”, y que aun así Estados Unidos cargaría con “el fantasma” de la isla.
Nada nuevo. Miedo, épica forzada y victimismo. Lo que sí llamó la atención fue el cierre de su intervención, cuando rechazó cualquier posibilidad de negociación política bajo presión y aseguró que Cuba no hará concesiones. Según Díaz-Canel, si el país fuera agredido, “pelearía con la misma fiereza que sus combatientes en Caracas”, una referencia directa a la presencia militar cubana en Venezuela que el propio régimen negó durante años y que hoy ya no puede ocultar.
Mientras el país se hunde en apagones, hambre y represión, el discurso oficial vuelve a apostar por enemigos externos, marchas organizadas y consignas vacías. El problema es que el libreto es viejo, el público está cansado y la realidad, por mucho que la griten, no se borra a base de consignas.







