¡No se lo esperaban! Militares cubanos que protegían a Nicolás Maduro estaban durmiendo cuando llegaron los Delta Force a capturarlo

Redacción

Cada día salen a flote más piezas del rompecabezas que La Habana quiso mantener bajo llave. La presencia militar cubana en Venezuela ya no es un rumor incómodo, es un hecho confirmado a sangre y fuego tras la operación de Estados Unidos en Caracas que terminó con la extracción de Nicolás Maduro. Y con ella, quedaron al desnudo las mentiras, los silencios y el costo humano que el régimen cubano está dispuesto a pagar… siempre que no lo paguen ellos.

Lo primero que quedó claro con la llegada a La Habana de los 32 miembros del Minint y el Minfar fue que no todos regresaron ilesos. Aquella madrugada del 3 de enero también dejó heridos, aunque el castrismo, fiel a su estilo, se ha negado a dar cifras oficiales. La televisión estatal mostró algunos en sillas de ruedas, sin explicar el alcance real de las lesiones ni si alguno volverá a caminar. Opacidad total, como siempre.

Del sueño a la muerte en segundos

Uno de los sobrevivientes soltó una verdad que pesa como plomo: muchos estaban durmiendo cuando llegaron los estadounidenses. De un momento a otro, pasaron del sueño al infierno. Once de los 32 fallecidos murieron tras un bombardeo directo sobre un cuartel militar. No fue una escaramuza ni un intercambio menor; fue un golpe quirúrgico que dejó claro el nivel del despliegue.

Gerardo Hernández, reciclado una vez más como vocero del relato oficial, admitió que quienes formaban parte del anillo de seguridad de Maduro apenas tenían armas ligeras. Una confesión que, lejos de limpiar responsabilidades, confirma que Cuba tenía hombres allí, integrados a la estructura de protección del dictador venezolano.

Honras fúnebres y frases que delatan

Durante las ceremonias organizadas en el Minfar, el guion se les fue de las manos. La esposa de Orlando Osoria, ascendido coronel póstumamente, afirmó sin titubeos que su marido “fue uno de los que más tiró tiros”. Una frase brutal que desmonta la narrativa edulcorada de misión “técnica” o “asesora”. Aquello fue combate real.

El general Lázaro Alberto López Casas, jefe del Minint, remató la escena con una declaración que retrata al régimen mejor que cualquier editorial: no van a claudicar, aunque tengan que pagar un precio alto y doloroso. Traducción clara: las vidas ajenas son moneda de cambio.

Veteranos, jóvenes y nada de simbolismo

El perfil de los fallecidos confirma que no se trataba de una presencia decorativa. Había coroneles, tenientes coroneles, mayores, capitanes, suboficiales, soldados y hasta reservistas mayores de 50 años. Las edades iban de los 26 a los 67. Casi la mitad tenía entre 40 y 50 años, otro grupo importante era menor de 40 y el resto superaba el medio siglo. Veteranos curtidos y jóvenes enviados al matadero en una misión de alto riesgo, lejos de su país.

Todo esto evidencia un despliegue estructurado, pensado para sostener al régimen venezolano a toda costa, mientras en Cuba la gente sobrevive entre apagones, escasez y represión.

Los mismos de siempre en primera fila

Al recibimiento de los restos, ya incinerados, asistió un Raúl Castro visiblemente deteriorado, rodeado de otros históricos del poder. Allí estaban también Miguel Díaz-Canel, Esteban Lazo y Manuel Marrero, posando solemnes, como si no fueran parte directa del desastre. Mucha medalla, mucho discurso y cero responsabilidad.

Mientras tanto, Cuba sigue a oscuras y sangrando. Y ahora, además, cargando con muertos en una guerra ajena que el régimen negó hasta que la realidad le explotó en la cara.

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