Esta vez Raúl Castro no apareció en persona. El general nonagenario prefirió mantenerse en la sombra y ceder el espacio a su nieto, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, quien ocupó un lugar bien visible junto a Miguel Díaz-Canel durante el entierro de varios militares cubanos muertos en Venezuela.
El sepelio se realizó el viernes por la tarde en el monumento a los Bomberos, dentro de la Necrópolis de Colón, uno de los escenarios preferidos del régimen cuando quiere solemnidad, silencio y obediencia. Así lo reportó, sin sorpresas, la prensa oficial.
Allí fueron enterrados los primeros coroneles Humberto Alfonso Roca Sánchez y Lázaro Evelio Rodríguez Rodríguez, el teniente coronel Rodney Izquierdo Valdés y el capitán Yorlenis Revé Cusa. Cuadros militares de peso, no soldados anónimos, lo que confirma que la misión en Venezuela no era decorativa ni simbólica.
Raúl Castro no asistió, pero dejó claro que sigue marcando territorio. Envió una ofrenda floral y el elogio fúnebre fue leído por Liván Izquierdo Alonso, primer secretario del Partido Comunista en La Habana. Todo cuidadosamente controlado, sin improvisaciones ni ausencias incómodas.
Según la versión de la Agencia Cubana de Noticias, se dispararon salvas militares y Díaz-Canel realizó un “sencillo homenaje”, acompañado por familiares, miembros de las FAR, del Ministerio del Interior y el siempre invocado “pueblo”, aunque ese pueblo rara vez aparece cuando no hay ómnibus movilizados.
Más allá del luto por los 32 militares fallecidos en Venezuela, el acto funcionó como lo que realmente fue: una demostración interna de orden, jerarquía y continuidad del poder. Uniformes idénticos, gestos calculados, silencios ensayados. Todo el alto mando —cuando aparece— vestido igual, sin medallas ni condecoraciones, como si el mensaje fuera disciplina, no gloria.
Mientras tanto, investigaciones periodísticas de Martí Noticias, junto a La Prensa de Panamá y la Fundación para los Derechos Humanos en Cuba, revelaron detalles incómodos sobre la logística de estas operaciones. Los documentos apuntan al uso de un avión Dassault Falcon 900 EX cuya matrícula fue alterada, pasando de registro venezolano a uno de San Marino, una maniobra típica para enturbiar rastreos internacionales.
Y ahí entra de nuevo El Cangrejo. Raúl Guillermo Rodríguez Castro no es un desconocido improvisado. Hijo del fallecido general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, el hombre fuerte de GAESA, y de Débora Castro Espín, hija mayor de Raúl, lleva años apareciendo en actos oficiales como parte del círculo de seguridad personal de su abuelo.
Que ahora flanquee a Díaz-Canel en un entierro militar de alto perfil no es casualidad. Es mensaje puro y duro. Raúl puede no estar físicamente, pero el apellido sigue presente, vigilando, marcando línea y recordando quién manda realmente en Cuba, aunque oficialmente esté “retirado”.










