Régimen anuncia que Cuba se prepara para declarar «Estado de Guerra» y no explica qué consecuencias traerá a la población

Redacción

El Consejo de Defensa Nacional de Cuba se reunió este sábado y aprobó, con toda la solemnidad del caso, “los planes y medidas del paso al Estado de Guerra”, bajo la gastada consigna de la “Guerra de todo el Pueblo”. La noticia, difundida por Cubadebate y Granma, llegó envuelta en el mismo lenguaje grandilocuente de siempre, ese que dice mucho sin decir absolutamente nada.

Según la nota oficial, el encuentro tuvo como objetivo “incrementar y perfeccionar el nivel de preparación y cohesión” de los órganos de dirección. Traducción al cubano de a pie: reunión, consignas, palmadas en la espalda y cero explicaciones concretas. No se detalló qué medidas se aprobaron, ni qué implica realmente ese supuesto “paso al Estado de Guerra”, ni qué esperan ahora de una población agotada, empobrecida y en estampida migratoria.

Lo único claro es que Raúl Castro “se mantuvo al tanto” y calificó la reunión como “buena y eficiente”. El detalle no es menor. Una vez más, el verdadero poder aparece orbitando alrededor de un anciano retirado oficialmente del mando, mientras Miguel Díaz-Canel, supuesto jefe del Consejo de Defensa Nacional, ni siquiera es mencionado. El mensaje es brutalmente honesto: aquí manda el que siempre ha mandado.

En un país donde no hay comida, no hay medicinas, no hay electricidad estable y el agua llega cuando quiere, hablar de “Estado de Guerra” suena menos a defensa nacional y más a provocación. O peor aún, a advertencia. Porque cuando el régimen habla de guerra, casi nunca es contra un enemigo externo. La historia lo demuestra.

Las redes sociales, ese termómetro que el poder no controla del todo, estallaron. Entre la indignación y la burla, los cubanos se preguntan qué se supone que defiendan. Defiendan qué, si el país se cae a pedazos. Defiendan a quién, si los que mandan viven blindados, bien comidos y con plantas eléctricas propias.

El sarcasmo corrió más rápido que la propaganda. Que si pongan a los militares a sembrar boniato. Que si la “guerra de todo el pueblo” es sin contar con el pueblo. Que en tiempos de paz no hay luz ni comida, así que imaginar un escenario de guerra es casi un chiste macabro. Otros fueron más directos: no hay patria que defender cuando la vida diaria es una pelea constante contra el hambre y la miseria.

Mientras tanto, el Minfar difundía videos de ejercicios militares desde los Ejércitos Occidental, Central y Oriental. Trincheras, AK-47, explosiones controladas, música épica y banderas al viento. Una puesta en escena que pretendía mostrar fuerza, pero terminó provocando carcajadas. Armas oxidadas, tecnología atrasada y un discurso que huele a naftalina. Para muchos, no es preparación defensiva, es intimidación interna.

El contexto no se puede ignorar. Este giro militarista se acelera tras la captura de Nicolás Maduro en Caracas el pasado 3 de enero. Desde entonces, el castrismo ha subido el volumen del discurso belicista, como quien grita para tapar el miedo. Miedo al colapso, miedo al descontento social, miedo a que la gente deje de creer incluso por cansancio.

Analistas y ciudadanos coinciden en algo esencial: el verdadero campo de batalla no está en los polígonos de tiro, está en las cocinas vacías. Está en los apagones interminables, en los hospitales sin insumos, en los salarios que no alcanzan ni para una jaba triste, en los jóvenes que solo sueñan con irse.

Hablar de guerra en estas condiciones no es patriotismo. Es cinismo. Es pedir sacrificios a quienes ya no tienen nada que sacrificar. Porque si esta es una “Guerra de todo el Pueblo”, convendría recordar algo elemental: un pueblo agotado no defiende, sobrevive. Y en Cuba, sobrevivir ya es una guerra diaria, pero contra su propio sistema.

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