Mientras el país se apaga, literalmente, el Ministerio de las FAR decide subir el volumen de la épica. Fusiles viejos, música grandilocuente, drones mostrados como si fueran tecnología de punta y banderas ondeando para la cámara. Todo muy marcial, muy cinematográfico… y muy desconectado de la Cuba real.
Las imágenes difundidas por los Ejércitos Occidental, Central y Oriental parecen sacadas de un tráiler de película de bajo presupuesto. Tiros desde trincheras, explosiones controladas, movimientos coreografiados. Mucho humo, mucho ruido y poca sustancia. La intención es clara: proyectar fuerza, cohesión y disciplina en un momento en que el país se desmorona por dentro.
El discurso oficial insiste en la “amenaza externa” y en la gastada doctrina de la “guerra de todo el pueblo”. Curioso concepto ese, donde el pueblo pone el cuerpo, el tiempo y el sacrificio, pero nunca decide nada. Ahora además anuncian que los sábados estarán dedicados a la preparación militar e ideológica. O sea, después de una semana sin transporte, sin corriente y sin comida estable, toca ir a jugar a la guerra. Gratis, por supuesto.
Nadie explica cómo afectará eso al trabajo, a la escuela o a la vida cotidiana. Tampoco aclaran si la participación será voluntaria o “voluntaria a la cubana”. El silencio dice más que cualquier comunicado.
En redes sociales, la respuesta fue inmediata y bastante menos épica. La gente no vio invulnerabilidad, vio atraso. No vio defensa nacional, vio intimidación. Muchos se preguntaron qué exactamente se supone que están defendiendo cuando no hay futuro, ni presente digno, ni servicios básicos garantizados.
Ahí está la grieta que el régimen ya no logra tapar con consignas. Cada vez más cubanos separan la idea de patria de la de gobierno. Y cuando alguien pregunta por qué habría que morir por un sistema que no permite vivir, no hay música heroica que alcance.
El énfasis militarista no parece responder a una guerra real, sino a una urgencia interna: controlar, distraer, movilizar emociones y tapar el colapso económico y social. Es el recurso de siempre cuando faltan respuestas.
Así, entre armas de la Guerra Fría, drones exhibidos como trofeos y videos cuidadosamente editados, el poder vuelve a apostar por el espectáculo. Pero el público ya no aplaude. Porque cuando el estómago está vacío y la casa a oscuras, la épica no alimenta ni alumbra.







