El régimen cubano finalmente tuvo que admitir, aunque de manera indirecta y ambigua, que una parte de los pacientes con chikungunya desarrollará inflamación crónica en las articulaciones, una condición incapacitante que puede afectar gravemente la vida diaria de quienes la padecen.
El anuncio llegó en una reunión encabezada por Miguel Díaz-Canel y Manuel Marrero Cruz, donde se presentaron resultados preliminares sobre el uso del fármaco biotecnológico Jusvinza en pacientes con la enfermedad en fase posaguda y crónica.
Aunque los medios oficialistas pintaron el encuentro como un triunfo científico y una jornada de “alentadores resultados”, las declaraciones de los especialistas dejaron claro que no todos los contagiados se recuperarán. Un “porciento” —sin cifras precisas— quedará con artropatía crónica inflamatoria, con síntomas similares a la artritis reumatoide.
El uso del término “un porciento” refleja la opacidad con la que el régimen maneja la información. Nadie sabe cuántos cubanos sufrirán dolor constante, rigidez articular y limitaciones funcionales. El doctor Miguel Hernán Estévez del Toro, reumatólogo y director del Hospital Hermanos Ameijeiras, confirmó que tras tres meses de evolución, algunos pacientes mantienen mediadores inflamatorios presentes en enfermedades reumáticas crónicas.
Lo más preocupante no es solo médico. La admisión llega cuando la epidemia ya ha dejado miles de contagios, después de meses de escasez de analgésicos, falta de seguimiento en atención primaria y subregistro de casos. Durante meses, el discurso oficial insistía en que el virus era “benigno” y que la mayoría se recuperaba sin complicaciones.
Esta estrategia de minimizar la crisis es una táctica recurrente del régimen: ocultar la magnitud del problema y diluir responsabilidades políticas. Hoy, la propia admisión de secuelas de por vida contradice el optimismo que los medios estatales y el MINSAP mantuvieron durante meses.
La reunión en Palacio, presentada como ejemplo de “rigor científico”, no aclaró lo esencial: ¿cuántos cubanos se infectaron realmente? ¿Cuántos tienen síntomas prolongados? ¿Qué plan tiene el sistema sanitario para atender a los afectados a largo plazo? Nada de eso fue divulgado.
En cambio, el discurso se enfocó en Jusvinza, un medicamento originalmente desarrollado para la artritis reumatoide y la COVID-19, que ahora se intenta reposicionar para tratar las secuelas del chikungunya, dejando a la población sin certezas, sin cifras y sin soluciones claras.







