La noche del miércoles rompió el silencio en el barrio El Cano, en el municipio habanero de La Lisa. Tras varios días consecutivos sin electricidad, vecinos cansados de promesas vacías salieron a la calle para protestar, en una escena que ya empieza a parecer rutina en la Cuba de los apagones eternos.
Un video difundido por el periodista Mario J. Pentón en Facebook muestra el ambiente tenso de la protesta: gritos en plena oscuridad, calderos sonando con furia y pequeños fuegos encendidos en la vía pública como señal clara de hastío. Cuando no hay corriente, pero sí sobra indignación, el barrio habló como pudo.
Curiosamente, poco después de la manifestación, la electricidad regresó de forma temporal. “Acabo de confirmar por videollamada que pusieron la corriente unos minutos luego de la manifestación… así que, a buen entendedor, ya saben”, escribió Pentón en los comentarios. La luz no volvió por milagro, volvió porque la gente se plantó.
La protesta no es un hecho aislado. Llega en medio de un clima social cada vez más cargado, con apagones diarios que llevan más de cinco años castigando a la población y que, desde diciembre de 2025, se han ensañado especialmente con La Habana. La capital también cayó en la candela, pese a los discursos oficiales que intentan vender una normalidad que nadie ve.
El propio régimen ha tenido que admitir lo evidente: la crisis energética no tiene salida cercana. Funcionarios del sector eléctrico reconocen que el sistema está “al límite” y que la falta de combustible hace imposible sostener un suministro estable. Traducción callejera: no hay petróleo, no hay piezas, no hay plan… y no hay vergüenza.
Los puertos del país apenas reciben diésel ni fuel oil, combustibles esenciales para que las termoeléctricas no se apaguen como velas. El resultado es un país a oscuras, con hospitales, escuelas y servicios básicos funcionando a medias, cuando pueden.
En barrios de La Habana como La Lisa, Arroyo Naranjo o Marianao, los apagones superan fácilmente las diez horas diarias. La vida se hace cuesta arriba cuando hasta dormir depende de si hay corriente o no.
La frustración crece y la paciencia se agota. Sin explicaciones claras, sin soluciones reales y con un régimen más ocupado en justificar su fracaso que en resolverlo, la calle empieza a hablar cada vez más alto. Y en Cuba, cuando la gente sale de noche a tocar calderos, no es por gusto: es porque ya no aguanta más.







