El régimen cubano terminó reconociendo lo que millones de cubanos sufren cada día: la crisis energética no tiene solución a corto plazo. En medio de crecientes dificultades para importar combustibles y sostener la generación eléctrica, las autoridades admitieron que el sistema está prácticamente al borde del colapso.
Durante un reporte transmitido por la Televisión Nacional, funcionarios del sector energético aceptaron que “el sistema está al límite”, una frase que, aunque dicha con cuidado, confirma el fracaso de décadas de mala gestión. La imposibilidad de garantizar importaciones estables de hidrocarburos es hoy una de las causas principales de los apagones prolongados que castigan a hogares, industrias y servicios esenciales en toda la isla.
Uno de los directivos del sistema eléctrico estatal explicó que la afectación es enorme y que el primer golpe se siente en la exportación del crudo que debería refinarse dentro del país. Sin ese flujo, la industria energética queda paralizada, arrastrando consigo al resto de la economía.
Las propias autoridades reconocieron que los puertos cubanos no están recibiendo los volúmenes necesarios de diésel ni de fuel oil, combustibles vitales no solo para generar electricidad, sino también para mantener en funcionamiento hornos, calderas y plantas industriales. A eso se suma la escasez de gas licuado y gas de balita, imprescindibles para cocinar, lo que golpea directamente la vida cotidiana de las familias.
En su discurso habitual, el funcionario volvió a señalar al embargo estadounidense como responsable de la crisis, alegando que incluso contando con capital, los pagos quedan varados en el sistema bancario internacional. Sin embargo, el régimen evita mencionar su propia ineficiencia, la falta de credibilidad financiera y el desastre administrativo que ha espantado a proveedores y socios durante años.
Mientras tanto, los apagones superan las diez horas diarias en muchas provincias del centro y oriente del país. El malestar popular crece en medio de la falta de electricidad, combustible y alimentos, creando un cóctel explosivo que el Gobierno ya no logra disimular con consignas.
En redes sociales, los cubanos describen la situación como “insostenible”, mientras el discurso oficial insiste en culpar a factores externos y se niega a reconocer la crisis estructural del sistema energético, el abandono de las termoeléctricas y la ausencia total de inversiones serias.
La producción eléctrica nacional ha caído a niveles no vistos en más de una década. Especialistas advierten que sin inversión extranjera real ni acceso estable a crudo refinable, el colapso continuará, afectando el transporte, la producción de alimentos y los servicios públicos más básicos.
La situación se agravó aún más tras la reducción del suministro petrolero desde Venezuela, luego del derrumbe del chavismo y del mayor control estadounidense sobre el sector energético venezolano. Sin ese salvavidas, Cuba quedó expuesta, sin proveedores alternativos y con un parque termoeléctrico obsoleto y destartalado.







