Un video publicado en TikTok por la youtuber cubana Rosy Wanderlust ha vuelto a poner sobre la mesa una verdad incómoda que millones de cubanos viven a diario, pero que muchos prefieren ignorar. En medio de apagones eternos y noches a oscuras, la joven muestra una escena que ya se ha vuelto parte del paisaje: personas en plena calle conectando sus teléfonos a regletas improvisadas, tratando de raspar un poco de batería como quien busca aire bajo el agua. Mientras tanto, Rosy narra con voz cansada, sin dramatismo forzado, la rutina agotadora de vivir en Cuba hoy.
Desde el primer segundo, su mensaje golpea directo al pecho. “En Cuba no tenemos derecho a ser felices, a vivir sin estrés o a vivir dignamente”, dice, describiendo otro amanecer sin electricidad, sin certezas y sin saber cuándo regresará la corriente. No es una queja aislada ni un mal día: es la normalidad de un país entero que vive esperando, resistiendo y sobreviviendo. La frase resume el sentir de millones que se levantan cada mañana sin control sobre su propio tiempo.
Rosy sigue desmenuzando una realidad que muchos conocen demasiado bien. No basta con que el salario no alcance ni para cubrir la comida del mes; cuando logras conseguir algo, tampoco es fácil cocinarlo. Sin electricidad, toca volver al fogón, al caldero tiznado en el patio —si tienes patio— y resolver como se pueda. El agua tampoco aparece por arte de magia: sin corriente no hay motor, y sin motor no hay una gota en el tanque. Todo se vuelve una cadena de obstáculos absurdos.
El desánimo también se siente en la calle. Según cuenta la creadora, las ciudades se ven apagadas, tristes, casi fúnebres. Cuba dejó de ser un lugar donde uno planifica su día; ahora el día lo deciden las “tablas”, los apagones programados y los mensajes de alerta. La sensación de no tener control sobre la propia vida se vuelve una carga psicológica constante.
El impacto del video fue inmediato. Publicado a inicios de diciembre, ya supera los 45 mil “me gusta” y acumula miles de comentarios de personas dentro y fuera de la isla. Muchos expresan dolor y solidaridad: “Cuba duele”, “Es triste ver cómo viven así”. Otros van más allá y cuestionan por qué no hay protestas masivas o cambios radicales, abriendo el eterno debate político que siempre acompaña este tipo de testimonios.
Las críticas al sistema no se hicieron esperar. Comentarios señalando al comunismo y al socialismo como responsables de la pobreza y el abandono se repiten una y otra vez. También aparecen comparaciones con países de la región, advertencias y miedos de que otras naciones sigan el mismo camino. Cuba, una vez más, sirve de espejo y advertencia.
Pero quizás lo más duro no es la crítica, sino la resignación que muchos expresan. “No es adaptación, es resignación”, dicen algunos. El miedo, coinciden otros, sigue siendo la herramienta más eficaz de una dictadura. Aun así, entre tanta oscuridad, no falta quien se aferra a la esperanza y repite que todo tiene un final.
Al cierre del video, Rosy lanza una pregunta que queda flotando: Cuba ya no es un lugar cómodo para vivir, pero la vida sigue, incluso cuando el país se detiene. Su testimonio no es solo un video viral; es un reflejo crudo de la Cuba actual, marcada por apagones, escasez y un cansancio colectivo que cada vez cuesta más disimular.







