Régimen podría declarar la Opción Cero para la economía de Cuba como planteó Fidel Castro durante el Período Especial en los años 90´s

Redacción

El régimen cubano volvió a mover una de sus piezas más viejas y desgastadas. En una nota escueta, sin explicaciones ni transparencia, se anunció que el Consejo de Defensa Nacional aprobó los planes para el paso al llamado Estado de Guerra, una fase que el oficialismo maquilla bajo el eslogan de la “guerra de todo el pueblo”, una consigna tan grandilocuente como vacía.

La medida aparece como una extensión forzada de los llamados Días de la Defensa, realizados en provincias y municipios tras los recientes acontecimientos en Venezuela, donde la captura de Nicolás Maduro y la muerte de decenas de cubanos que formaban parte de su anillo de seguridad sacudieron los cimientos del discurso oficial. La Habana, como de costumbre, responde con secretismo y propaganda.

Nadie ha explicado con claridad si este paso responde a la crónica escasez de combustible que asfixia al país o a una supuesta amenaza externa que el régimen necesita invocar para justificar su fracaso. Lo más probable es que sea una mezcla de ambas cosas. Cuando no hay petróleo ni respuestas, el castrismo siempre encuentra refugio en el miedo.

Este escenario despierta recuerdos nada agradables. Hace más de tres décadas, tras la caída de la Unión Soviética, el poder en Cuba llegó a contemplar la temida Opción Cero, una fórmula de supervivencia extrema que implicaba vivir sin una gota de petróleo importado. Fue el corazón del llamado Periodo Especial, una etapa que dejó cicatrices profundas en varias generaciones.

De recibir alrededor de 13 millones de toneladas de crudo al año, la Isla pasó a sobrevivir con poco más de cuatro millones. El resultado fue devastador. La economía colapsó y la vida cotidiana se convirtió en una carrera de resistencia, donde la creatividad era sinónimo de hambre y humillación.

Quienes vivieron aquellos años saben de lo que se habla. No existía el sector privado, el queso desapareció y fue sustituido por cualquier cosa que pareciera derretirse, se comían inventos que hoy darían escalofríos y las colas interminables eran la norma para acceder a lo único que el Estado podía ofrecer. Pensar que ese escenario pueda repetirse, o incluso superarse, pone los pelos de punta.

El actual paso al Estado de Guerra encaja perfectamente en la lógica histórica del castrismo. Es la misma mentalidad de plaza sitiada, la misma idea de que Cuba debe prepararse para resistir sola, aunque esa soledad haya sido provocada por décadas de mala gestión, dependencia y servilismo internacional.

No es casual que el concepto de “guerra de todo el pueblo” naciera en los años 80, cuando la cúpula cubana entendió que Moscú ya no iba a inmolarse por La Habana. Hoy, con una Rusia tibia ante lo ocurrido en Venezuela y limitada a discursos diplomáticos, el régimen cubano vuelve a apretar el botón del pánico.

El problema es que nadie sabe con certeza si este anuncio significa que el país se prepara para el Estado de Guerra o si, en la práctica, ya está metido hasta el cuello. Basta mirar la realidad diaria. Apagones de ocho, doce y hasta veinte horas seguidas, transporte colapsado y una población agotada sobreviviendo a oscuras.

Si la guerra se mide por el nivel de sacrificio impuesto a la gente, Cuba lleva rato combatiendo sin enemigos externos, pero con un adversario interno que no da tregua.

Este paso, anunciado sin debate ni información clara, no augura nada bueno. Más bien confirma que el 2026 se perfila como otro año de penurias, improvisación y control, donde el régimen seguirá apelando al miedo y a la épica vacía para tapar su incapacidad.

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