Miguel Díaz-Canel volvió a ponerse el disfraz de “comandante en jefe” este sábado, apareciendo en ejercicios militares en plena escalada de tensiones con la administración de Donald Trump. Una puesta en escena cuidadosamente fabricada, diseñada para aparentar control en un país exhausto, empobrecido y cada vez menos dispuesto a tragarse el cuento.
El gobernante recorrió la Gran Unidad de Tanques de la Gloria Combativa “Rescate de Sanguily” y más tarde una unidad de defensa antiaérea. Allí soltó el mismo guion de siempre: consignas rancias, frases grandilocuentes y la muletilla eterna del enemigo externo, usada para justificarlo todo, desde el plato vacío hasta el apagón interminable.
Según la versión oficial, Díaz-Canel aseguró que la clave para evitar una agresión es que Estados Unidos “calcule el precio” de atacar a Cuba, vinculando esa supuesta disuasión a la preparación militar. Un discurso refrito, repetido por décadas, mientras el cubano de a pie no puede calcular ni cómo conseguir comida, corriente o medicinas.
A su alrededor, la cúpula militar intacta del régimen. Generales bien cuidados, blindados por privilegios, acompañaron al gobernante en un despliegue más pensado para la propaganda que para una defensa real. La imagen es brutal: uniformes relucientes frente a una población que sobrevive entre apagones, inflación desbocada y una desesperanza que ya no cabe en discursos.
Díaz-Canel insistió en que los ejercicios son especialmente importantes ante lo que llamó una “ofensiva hegemónica” de Estados Unidos. Habló de cohesión, preparación y cooperación territorial. Palabras grandes para una realidad pequeña, la de un ejército tecnológicamente atrasado y un país sin capacidad logística ni para sostener la vida diaria.
El mandatario volvió a invocar el mito de la unidad como garantía de victoria. Dijo que cuando los cubanos se han unido, siempre han ganado. Lo que no dijo es que hoy esa “unidad” se impone a golpe de miedo, cárcel y vigilancia, y que la respuesta real del pueblo ha sido irse, escapar como pueda de un sistema sin futuro.
El trasfondo del show es evidente. Tras la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, la administración Trump estaría explorando activamente escenarios para provocar un cambio político en Cuba antes de que termine el año, según una investigación de The Wall Street Journal.
Funcionarios citados por el diario hablan de una “ventana de oportunidad histórica” para presionar al régimen cubano, aprovechando el colapso económico, el aislamiento regional y el desgaste interno de una cúpula cada vez más desconectada de la realidad. No hay un plan militar público, pero sí una estrategia sostenida de presión económica, diplomática y simbólica.
Washington también habría intensificado contactos discretos con el exilio cubano y con actores cívicos en ciudades como Miami y Washington. El objetivo es claro: identificar figuras dentro del propio aparato estatal que entiendan que el castrismo está en tiempo de descuento y estén dispuestas a negociar una salida.
Según el Wall Street Journal, ya se han producido reuniones privadas en las que se solicitó información sobre funcionarios y militares cubanos dispuestos a “entender el momento histórico” y romper con la cúpula. Ese es el miedo real del poder en La Habana, no los ejercicios ni las consignas.
Mientras tanto, Díaz-Canel responde como sabe hacerlo: maniobras, discursos vacíos y propaganda reciclada. Mucho ruido, pocas balas y cero soluciones. En una Cuba que se cae a pedazos, el régimen insiste en el teatro del miedo, aunque cada día tenga menos espectadores y menos credibilidad.







