La Torre K encendida en pleno apagón en toda La Habana: el monumento al descaro del poder en Cuba

Redacción

El hotel más alto de La Habana, la controvertida Torre K, volvió a encender la indignación popular al permanecer iluminado en medio de apagones generalizados. En una ciudad sumida en la oscuridad, el rascacielos del Vedado resplandece como símbolo perfecto de la desigualdad y la hipocresía del discurso oficial.

Levantado en plena pandemia, cuando el país se desplomaba económica y socialmente, el edificio no solo destaca por su altura. Destaca, sobre todo, por su consumo energético constante, mientras barrios enteros —incluido el propio Vedado— pasan noches completas sin electricidad, hospitales funcionan al límite y miles de familias cocinan con leña ante la falta de gas.

Mientras el cubano común vive a oscuras, el hotel brilla como un enclave de abundancia reservado al turismo y a la élite del poder, una postal obscena en un país donde el sacrificio siempre recae sobre los mismos. Así lo denunció el ciudadano Orestes Reyno Amer en una publicación que se volvió viral en Facebook.

“¿Dónde está el bloqueo cuando se importaron toneladas de acero, cemento, cristales blindados, sistemas eléctricos modernos, ascensores de última generación, aire acondicionado central y luces de alto consumo?”, cuestionó Reyno. La pregunta retumba fuerte, porque apunta directo al centro del engaño.

A su juicio, la Torre K deja algo claro: no hay bloqueo para los negocios de la dictadura. No existe para los hoteles, ni para los militares, ni para la casta gobernante. El famoso “bloqueo” solo aparece cuando hay que justificar el hambre, la miseria y la resignación que se le exige al pueblo.

El contraste se vuelve aún más brutal si se mira el contexto nacional. Cuba atraviesa una de sus peores crisis en décadas, con inflación descontrolada, producción en caída libre, apagones interminables y una infraestructura que se cae a pedazos. Aun así, el Estado sigue apostando millones a un sector turístico que no logra despegar.

El propio Miguel Díaz-Canel ha reconocido fallas graves en la producción agrícola y el abastecimiento de alimentos, al tiempo que pide “cambio de mentalidad” y sacrificio colectivo. Pero el hotel iluminado en medio del apagón demuestra que el ajuste nunca es parejo.

Más allá del eterno debate entre “embargo” y “bloqueo”, la imagen del rascacielos encendido funciona como una prueba incómoda para la propaganda oficial. Cuba comercia con decenas de países, importa alimentos desde Estados Unidos, recibe remesas, créditos y ayuda internacional. Si el bloqueo fuera real y total, este hotel jamás habría existido.

Pero existe. Y no fue construido para los cubanos, sino para extranjeros y para quienes viven conectados al poder. “El problema de Cuba no es externo, es interno”, subrayó Reyno. No es Washington, es La Habana. No es el embargo, es la corrupción, el despilfarro y el desprecio absoluto por el pueblo.

Mientras al cubano se le pide resistencia, paciencia y patriotismo, la dictadura vive entre luces encendidas, aire acondicionado y lujo. Para muchos, la Torre K no representa desarrollo ni modernidad. Representa el desequilibrio moral de un sistema agotado.

La apuesta hotelera continúa, pese a la subutilización de instalaciones y la ausencia de una recuperación real del turismo. El gobierno insiste en una estrategia que no genera resultados, mientras economistas alertan sobre deudas impagables, esquemas ineficientes y una economía sin oxígeno.

El contraste final es demoledor. Hoteles majestuosos iluminados toda la noche, y a sus pies, basureros desbordados, calles rotas y un pueblo sobreviviendo como puede. La Torre K no es progreso: es el farol encendido de una mentira que ya no convence a nadie.

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