En Güira de Melena, provincia de Artemisa, una familia vive momentos de angustia que parecen no tener fin. Desde el pasado 12 de enero, un anciano de 84 años salió de su casa y no volvió, dejando tras de sí una incertidumbre que crece con cada día que pasa sin noticias de su paradero.
Se trata de José Rafael Lorie Sánchez, un hombre mayor que aquel día decidió salir de su vivienda aun sin sentirse bien de salud. Nadie imaginó que esa salida rutinaria terminaría convirtiéndose en una pesadilla para sus seres queridos, que hoy solo esperan una llamada, una pista o cualquier señal que confirme que está con vida.
Antes de irse, José Rafael le comentó a una vecina que se dirigía al hospital Calixto García, en La Habana, en busca de atención médica. Sin embargo, con el paso de las horas y los días, la familia comprobó que su nombre no aparece registrado en ese centro hospitalario. Tampoco figura en el Hospital Naval, donde solía atenderse con frecuencia, lo que aumentó aún más la preocupación.
Ante el silencio total, su hija, Leticia Palacios Lorie, decidió hacer un llamado desesperado a través de Facebook. Tras casi dos semanas sin saber nada de su padre, acudió a las redes sociales como último recurso, esperando que alguien haya visto algo, recuerde un rostro o pueda aportar cualquier dato útil.
“Nadie se ha comunicado conmigo, como a veces él ha hecho en otras ocasiones”, escribió Leticia, visiblemente afectada. También explicó que no ha logrado contactar a ninguno de los amigos militares de su padre, con quienes solía mantener relación, un detalle que suma más incertidumbre a la situación.
La imposibilidad de comunicarse con personas cercanas al anciano ha dejado a la familia prácticamente a ciegas. No hay pistas claras, ni llamadas, ni reportes oficiales que ayuden a reconstruir su recorrido o a saber dónde podría encontrarse en estos momentos.
Leticia teme que su papá esté sin documentos y que pueda encontrarse desorientado o incluso incoherente, una posibilidad que duele solo de pensar. “A este punto la preocupación es siempre más grande. ¡Muchos días sin saber de él!”, expresó con angustia. “No sabemos dónde está ni si se encuentra en casa de alguien o de algún amigo”.
Ante la falta total de información, la familia decidió hacer públicos varios números de teléfono para facilitar cualquier contacto. Compartieron el de Leticia, el de su hermano Jorge y el de un hijastro llamado Hugo, con la esperanza de que cualquier persona que tenga datos pueda comunicarse de inmediato. “Les agradezco”, concluyó Leticia en su mensaje.
Más allá del caso puntual, esta desaparición vuelve a reflejar una realidad dolorosa que afecta a muchas familias en Cuba. Cuando una persona se pierde, los parientes suelen quedar prácticamente solos en la búsqueda, sin mecanismos eficaces ni respuestas claras por parte de las autoridades.
En lugar de contar con un sistema activo y organizado de localización, las familias se ven empujadas a convertir las redes sociales en su principal herramienta. Facebook, WhatsApp, medios independientes y la solidaridad de ciudadanos comunes terminan sustituyendo lo que debería ser una labor institucional constante.
La historia de Leticia y su padre no es una excepción. Es otro ejemplo de cómo, en medio de la precariedad y la falta de respaldo real, los cubanos deben apelar al apoyo público para intentar encontrar a sus seres queridos. La angustia no solo nace de no saber dónde está alguien, sino también de sentir que la búsqueda depende casi por completo del esfuerzo familiar y del eco que logren generar en Internet.







