La pregunta no es nueva, pero cada día duele más: ¿dónde están los dirigentes? Esa fue la frase que explotó en redes sociales, lanzada desde el cansancio más profundo por una habanera que ya no aguanta más vivir al límite en una Cuba sin agua, sin electricidad y, muchas veces, sin comida.
No se trata de una consigna política ni de un discurso armado. Es el grito desesperado de alguien común, de una cubana más que vive lo que viven miles todos los días. Elizabeth González Aznar, vecina del municipio La Lisa, en La Habana, decidió escribir lo que muchos piensan pero pocos se atreven a decir en voz alta.
Su publicación en Facebook no tardó en conectar con la gente porque retrata una realidad conocida: apagones eternos, agua que no llega, gas desaparecido y una higiene pública que parece cosa del pasado. No es exageración, es el día a día de barrios enteros que sobreviven como pueden.
Elizabeth habla de apagones de más de 15 horas, e incluso menciona zonas donde la electricidad se va por más de 35 horas seguidas. Todo eso ocurre, casualmente, en el mismo horario en que las familias intentan cocinar. “Sin comer no se puede vivir”, escribió, recordando algo básico que parece olvidado: alimentarse no es un lujo, es un derecho humano. En su denuncia menciona directamente al ministro de Energía y Minas, Vicente de O’Levy, exigiendo explicaciones que nunca llegan.
Pero la luz no es el único problema. El agua potable es otro drama silencioso. En San Agustín, La Lisa, llevan 22 días sin agua, según denuncia. Las excusas cambian, pero la situación no. Mientras tanto, el agua se pierde por salideros rotos y cisternas abandonadas. Las pipas solo aparecen si protestas, y aun así, cada diez días… si tienes suerte.
El panorama que describe es desolador: comunidades enteras sin agua, sin gas, sin comida, rodeadas de basura, mosquitos y fosas. Un caldo de cultivo perfecto para enfermedades que golpean, sobre todo, a los más vulnerables.
Con rabia e impotencia, Elizabeth se pregunta cuántos niños han muerto por arbovirosis y deja claro algo que muchos piensan: no son hijos de dirigentes. Y eso duele más. ¿Acaso no importa la vida del cubano de a pie?
También denuncia la desigualdad brutal que domina la isla. Conseguir alimentos o medicamentos es una jungla donde sobrevive el más fuerte o el que tiene dólares. El trabajador y el jubilado pasan hambre en silencio, mientras personas enfermas no pueden pagar ni un simple analgésico o un sobre de sales de rehidratación.
El cierre de su mensaje es demoledor, sin consignas ni rodeos: ¿qué derechos quedan? ¿qué patria hay que defender? Desde su realidad, la respuesta es clara: así no.
Su denuncia resume el sentir de un país agotado, sin servicios básicos, sin explicaciones y sin futuro claro. Y mientras los apagones continúan y la crisis se profundiza, la pregunta sigue flotando en el aire, incómoda y sin respuesta: ¿dónde están los dirigentes?







