Los reportes de chikungunya y otras arbovirosis han mostrado una disminución en las últimas semanas en Cuba, pero las autoridades sanitarias insisten en que el país no puede “relajarse” ante un virus que ya ha dejado miles de enfermos y secuelas duraderas en buena parte de la población. El mensaje oficial es claro: menos casos no significa victoria.
Durante una reunión con científicos y expertos, Miguel Díaz-Canel volvió a apelar al discurso de la disciplina ciudadana, insistiendo en la necesidad de mantener el control autofocal y el uso de adulticidas para evitar un repunte del mosquito Aedes aegypti. Otra vez, la responsabilidad cae sobre los cubanos, mientras el Estado se limita a dar orientaciones desde una mesa de reuniones.
El gobernante lanzó una advertencia directa a la población para que no disminuya la percepción de riesgo y mantenga las medidas higiénico-sanitarias en casas y centros laborales. El problema es el de siempre: se exige mucho desde arriba, pero se ofrece poco desde abajo, en un país donde faltan desde agua estable hasta productos básicos de limpieza.
Las autoridades aseguran que los insumos para la campaña antivectorial del primer semestre están “garantizados”, una palabra muy usada en el discurso oficial y muy poco sentida en la calle. Al mismo tiempo, reconocen que los recursos para el resto del año aún están “en gestión”, una admisión que deja claro que la improvisación sigue siendo política de Estado.
La doctora Carilda Peña García, viceministra de Salud Pública, informó que el canal endémico del síndrome febril se encuentra en zona de seguridad y que los casos han descendido un 29,3 % en comparación con la semana anterior. Las cifras, aunque positivas, no borran el desgaste acumulado de un sistema sanitario que funciona a golpes de consignas.
Según los modelos matemáticos oficiales, existe una tendencia descendente del dengue y el chikungunya, sobre todo en las regiones occidental y central del país. Sin embargo, los propios especialistas advierten que el peligro no ha desaparecido y que basta un descuido para que el mosquito vuelva a ganar terreno.
Los médicos recuerdan que el chikungunya no es una simple fiebre pasajera. Muchos pacientes arrastran durante meses —o años— dolor articular crónico, fatiga persistente y limitaciones físicas que afectan seriamente su calidad de vida, en un contexto donde el acceso a tratamientos y analgésicos es cada vez más limitado.
Mientras el régimen insiste en llamados a la disciplina y la conciencia, la realidad en los barrios sigue marcada por la escasez, los salideros, los vertederos improvisados y la falta de recursos. El mosquito, como la crisis, no se combate solo con discursos.







