El gobernante Miguel Díaz-Canel volvió a sacar del cajón la vieja consigna del “cambio de mentalidad”, esta vez en plenos extraordinarios del Partido Comunista de Cuba, celebrados en varias provincias del país y marcados, una vez más, por diagnósticos reciclados y llamados abstractos, sin una sola solución concreta para la crisis que asfixia a la isla.
Durante reuniones partidistas realizadas este miércoles en Las Tunas, Camagüey y Ciego de Ávila, el mandatario insistió en la necesidad de “quitar lastres al pensamiento” y “hacer las cosas de otro modo”, como si el problema de Cuba fuera filosófico y no el resultado directo de décadas de mala gestión, centralización extrema y decisiones políticas fallidas.
Según la narrativa oficial difundida por los canales digitales del PCC, el énfasis estuvo puesto en la subjetividad, la proactividad y el supuesto papel transformador de la militancia en la economía. Otra vez, el régimen trasladó la responsabilidad hacia abajo, apelando al compromiso ideológico de sus cuadros, mientras evita tocar las estructuras que mantienen al país paralizado.
En los encuentros se repitieron las prioridades de siempre: producir más alimentos, captar divisas, exportar más, reducir el déficit y combatir el delito y la corrupción. El mismo libreto, sin explicar cómo lograrlo en un país sin incentivos reales, sin autonomía económica y con un aparato estatal que ahoga cualquier iniciativa.
También se volvió a hablar de autoabastecimiento municipal y de dar mayor protagonismo a los actores económicos locales, conceptos que llevan años circulando en el discurso oficial, pero que nunca se traducen en decisiones concretas ni en cambios legales que permitan a los territorios moverse con independencia.
Díaz-Canel llegó incluso a admitir que no todos los problemas pueden achacarse al embargo estadounidense y llamó a abandonar la llamada “mentalidad importadora”. Sin embargo, el mensaje volvió a girar en torno a exhortaciones ideológicas y llamados a la conciencia, dejando intacto el modelo que genera la escasez que luego critican.
La Presidencia presentó los plenos como ejercicios de “autocrítica”, aunque las intervenciones no hicieron más que repetir diagnósticos escuchados durante años, sin asumir responsabilidades políticas ni anunciar reformas de fondo.
De cara a 2026, los plenos provinciales cerraron con una larga lista de compromisos económicos, todos formulados en términos generales, sin instrumentos claros, sin incentivos reales y sin una sola señal de que el poder central esté dispuesto a soltar el control.
Todo esto contrasta brutalmente con la realidad del país. Cuba vive una de las peores crisis económicas de su historia reciente, con inflación desbordada, desabastecimiento crónico, apagones interminables y una emigración masiva que vacía barrios enteros.
En ese contexto, los reiterados llamados de Díaz-Canel a “pensar diferente” han generado hastío y burlas en redes sociales, donde muchos ciudadanos señalan la desconexión total entre la retórica partidista y la vida diaria.
Las reacciones a sus mensajes en X lo confirman. Cada vez más cubanos cuestionan que el Gobierno siga apelando a la mentalidad de la gente mientras se niega a cambiar un sistema que, pese a todos los discursos sobre transformación, permanece intacto, rígido y agotado. Para una parte creciente de la población, el problema no está en cómo se piensa, sino en quién manda y cómo gobierna.







