La violencia en Cuba no siempre llega con porras ni gritos. A veces se esconde en los estantes vacíos, en la basura de las esquinas, en la oscuridad de un apagón interminable.
Eso es lo que retrata Ulises Toirac en un texto que publicó en Facebook este jueves. El humorista, conocido por décadas de sátira inteligente, deja de lado la ironía para lanzar una reflexión dura y directa: la verdadera violencia es vivir sin comida, sin medicinas, sin luz… y sin futuro.
El disparador fue un apagón de doce horas en La Habana, pero el diagnóstico abarca seis décadas de deformación económica y desgaste social.
Toirac reconoce que la política de Estados Unidos ha afectado a Cuba, pero rechaza cualquier mirada simplista que exculpe al régimen: “Es cierto que hay medidas de EE.UU., llámenle bloqueo, embargo o como quieran, pero eso es resultado de la política cubana frente a esas demandas”, dice. Señala que el unipartidismo, el apoyo logístico a movimientos de izquierda y el asilo a prófugos internacionales son parte del paquete completo que explica la respuesta estadounidense.
“La escalada de respuestas y contrarrespuestas es larga. Abarca casi los 67 años”, afirma. Pero para Toirac, eso no explica todo. La economía cubana no colapsó, simplemente nunca funcionó. “La situación, que venía en caída, ahora es una barrena”, sentencia. Las medidas aplicadas solo profundizaron la deformación estructural y, lejos de solucionarlo, han condenado a la sociedad a más miseria y menos posibilidades de recuperación.
El humorista conecta los apagones con el estancamiento: sin energía no hay producción; sin producción no hay ingresos; sin ingresos no hay forma de importar lo que el país no genera. Cada apagón, dice, interrumpe no solo la electricidad, sino la mínima posibilidad de construir futuro.
Toirac no ignora a quienes aún apoyan al sistema, pero lo matiza: algunos lo hacen por necesidad, otros por doble moral y unos pocos porque creen en la posibilidad de recuperación. “No es toda la población ni mucho menos. Vivimos en una sociedad de desigualdades donde coexisten ricos y muy pobres. No es una sociedad justa”, subraya.
Es hacia el final donde lanza su frase más demoledora: “Soy tan opuesto a la violencia explícita como a la que implica la pobreza y la falta de porvenir”. Esa pobreza no es solo material: es una agresión constante, la imposibilidad de proyectar una vida, de imaginar algo distinto, de escapar del desgaste diario. Y la pregunta que deja, seca y sin adornos, golpea: “¿Qué queda? ¿El holocausto?”
La publicación de Toirac no ofrece soluciones fáciles, ni pretende hacerlo. Es una advertencia, un retrato honesto de una sociedad que se apaga, no solo por falta de electricidad, sino por falta de rumbo, de justicia y de verdad. Cuando alguien que hizo del humor una herramienta de resistencia deja la ironía y escribe con gravedad, no es señal de derrota: es la evidencia de que ya no hay espacio para fingir que reír basta.







