El presidente Donald Trump volvió a sacudir el tablero este domingo al confirmar que su administración mantiene conversaciones directas con la cúpula del poder en Cuba, y dejó claro que ve posible alcanzar un acuerdo en medio del colapso económico que vive la Isla.
Desde su residencia de Mar-a-Lago, en Florida, Trump fue directo, sin maquillaje diplomático. Describió a Cuba como un Estado fallido desde hace décadas, ahora más vulnerable que nunca tras perder el oxígeno que durante años le llegó desde Venezuela. Según explicó, ese nuevo escenario abrió la puerta a contactos con “la gente más importante” del régimen para ver hasta dónde están dispuestos a llegar.
El mandatario insistió en que uno de sus objetivos centrales es proteger a los cubanos que emigraron tras ser maltratados por el sistema, muchos de los cuales llevan años sin poder ver a sus familias. En ese contexto, dejó caer una frase que no pasó desapercibida: “Creo que vamos a hacer un trato con Cuba”, una afirmación que suena más a advertencia que a concesión.
Las declaraciones se produjeron a su llegada a Mar-a-Lago para asistir a la boda de Dan Scavino, exfuncionario de su primer mandato, pero el mensaje político fue claro y calculado. Trump habló de diálogo mientras, en paralelo, endurece la presión económica sobre La Habana, una combinación que deja al régimen sin margen para el teatro habitual.
En los últimos días, el propio Trump ya había adelantado que existían contactos exploratorios con el gobierno cubano. La Casa Blanca no los ha negado, y del lado de La Habana reina el silencio, una señal clásica de incomodidad cuando el discurso triunfalista ya no alcanza para tapar la realidad.
El telón de fondo es una crisis energética sin precedentes, profundizada por una orden ejecutiva del presidente estadounidense destinada a cerrar el grifo del petróleo hacia Cuba, castigando a terceros países que intenten sostener al régimen. La suspensión de los envíos desde México y el derrumbe definitivo del apoyo venezolano han disparado los apagones y el colapso de servicios básicos en toda la Isla.
Mientras Washington presenta la presión como una herramienta para forzar cambios políticos reales, el régimen insiste en su narrativa de “cerco” y victimización, evitando asumir responsabilidades por décadas de mala gestión, represión y dependencia externa. La diferencia ahora es que ya no hay mecenas, y Trump parece decidido a negociar solo desde una posición de fuerza, con una dictadura cada vez más acorralada y sin combustible, literal y políticamente.







