Cuba amaneció este martes con un dato que parece sacado de otro país y no del Caribe. La madrugada más fría registrada en la historia moderna de la Isla podría haberse producido en Matanzas, según información preliminar del propio Instituto de Meteorología de Cuba.
De acuerdo con el INSMET, la estación de Indio Hatuey marcó 0.1°C a las 4:00 de la mañana, una cifra que, de confirmarse oficialmente, dejaría atrás el récord de 0.6°C registrado en Bainoa, Mayabeque, en febrero de 1996. Un hito climático que nadie esperaba… y para el que nadie está preparado.
Los especialistas del Centro de Pronósticos se encuentran revisando los datos para validar la medición, pero desde temprano el propio instituto reconoció que las condiciones atmosféricas apuntan a un evento de frío extremo poco común en Cuba, provocado por una masa de aire polar que descendió desde el norte con fuerza inusual.
Horas después, a las 7:00 am, el INSMET confirmó en redes sociales que la temperatura había tocado los 0°C, reforzando la idea de que el país vivió una madrugada histórica. Un récord que llega, irónicamente, en medio de una nación golpeada por apagones, viviendas precarias y una población que no cuenta ni con calefacción ni con recursos básicos para enfrentar temperaturas extremas.
Indio Hatuey, uno de los puntos clave para el monitoreo climático del occidente cubano, se convirtió así en el epicentro de un fenómeno que pone en evidencia la vulnerabilidad estructural del país, donde incluso un evento meteorológico excepcional se transforma en una amenaza cotidiana para la salud y la supervivencia.
Mientras el régimen llama a “mantenerse informados” y seguir recomendaciones generales, la realidad es que ni el sistema de salud, ni las condiciones de vida, ni la infraestructura del país están diseñadas para enfrentar frío extremo, especialmente en zonas rurales y comunidades empobrecidas.
De confirmarse el dato, Cuba habría roto un récord climático que llevaba más de 27 años intacto, subrayando no solo la variabilidad del clima, sino también la fragilidad de un país donde cualquier anomalía —sea calor, frío o lluvia— termina golpeando con más fuerza a una población abandonada por décadas de mala gestión y propaganda.







