El régimen cubano volvió a jugar la carta del diálogo con Estados Unidos, pero lo hizo dejando bien claro que el poder no se toca. La disposición a conversar existe, dicen, siempre y cuando no se ponga en cuestión el sistema que mantiene a la cúpula aferrada al control del país.
El vicecanciller Carlos Fernández de Cossío admitió en declaraciones a la agencia Associated Press que no hay actualmente ninguna mesa de diálogo abierta con Washington, aunque deslizó que La Habana estaría dispuesta a crear una si se cumplen ciertos requisitos. Traducido al cubano claro: hablar sí, pero bajo las reglas del régimen.
Desde el inicio, el funcionario trazó las líneas rojas. La Constitución impuesta desde arriba, la economía centralizada y el sistema socialista quedan fuera de cualquier conversación. Son los pilares del poder y no están en oferta, ni ahora ni después.
Fernández de Cossío intentó suavizar el mensaje con palabras diplomáticas, asegurando que Cuba aspira a una relación “respetuosa y seria” con Estados Unidos. Sin embargo, el subtexto es evidente: no habrá diálogo real si implica cambios estructurales o pérdida de control político.
Estas declaraciones llegan justo cuando el presidente Donald Trump confirmó que su administración mantiene contactos con altos niveles del poder en La Habana, tras anunciar aranceles contra los países que continúen suministrando petróleo a la isla. Una presión directa sobre un régimen que ya no tiene margen económico ni aliados confiables.
Trump ha sido tajante. En los últimos días ha reiterado que Cuba es un Estado fallido, sostenido artificialmente durante años y hoy al borde del colapso. Desde Washington aseguran que cualquier eventual acuerdo debe beneficiar al pueblo cubano, no a la élite que gobierna de espaldas a la realidad.
La Casa Blanca mantiene una estrategia de presión económica y diplomática, amparada en una emergencia nacional que califica al régimen cubano como una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad estadounidense. Un lenguaje que incomoda a La Habana, pero que refleja el desgaste de su modelo.
El mensaje del vicecanciller coincide con una reciente declaración del MINREX, que aseguró que Cuba no representa peligro alguno para Estados Unidos y propuso reactivar la cooperación bilateral en temas técnicos como terrorismo, narcotráfico y ciberseguridad. Una narrativa diseñada para parecer razonable mientras se evita cualquier mención a derechos humanos o libertades políticas.
Analistas ven en esta combinación de discursos una maniobra calculada. El régimen intenta proyectar una imagen de Estado responsable y dialogante, al tiempo que busca aliviar la presión del cerco energético y de las sanciones contra GAESA, el emporio militar que controla buena parte de la economía y responde al círculo de Raúl Castro.
Cambian las palabras, se afina el tono, pero el fondo sigue intacto. El gobierno de Miguel Díaz-Canel no quiere reformas, quiere oxígeno. Diálogo sin democracia, negociación sin pluralismo y coexistencia sin libertades. Todo lo demás es maquillaje político para ganar tiempo.







