Mientras millones de cubanos sobreviven a fuerza de apagones interminables, platos vacíos y salarios que no alcanzan ni para empezar el mes, la familia de uno de los generales más poderosos del régimen disfruta de una Cuba que no sale en la televisión oficial, un país paralelo donde no hay escasez, ni colas, ni sacrificios.
Una investigación reciente del periodista Mario J. Pentón, publicada por Martí Noticias, vuelve a desnudar el contraste obsceno entre el discurso de resistencia que impone el régimen y la vida real de los hijos y nietos del general Ulises Rosales del Toro, una figura clave del engranaje militar y político del castrismo durante décadas.
Rosales del Toro no fue un cuadro cualquiera. Veterano de Angola, combatiente de la Sierra Maestra y general de Cuerpo de Ejército, pasó buena parte de su carrera bajo la sombra protectora de Raúl Castro. En los años noventa fue enviado a “salvar” la industria azucarera y terminó presidiendo su desmantelamiento. Más tarde, en 2008, asumió como ministro de Agricultura, justo cuando Cuba gastaba miles de millones en importar alimentos mientras sus campos se llenaban de marabú.
En 2019, el gobierno de Miguel Díaz-Canel decidió apartarlo de la Vicepresidencia del Consejo de Ministros con una justificación casi burlesca: debía dedicarse por completo al programa de plantas proteicas, una de las obsesiones heredadas de Fidel Castro. La ironía, como señala Pentón, es que ni el general ni su familia parecen haber sobrevivido jamás a base de moringa, la misma planta que el régimen vendía como solución milagro para el hambre del pueblo.
La investigación revela que una de sus hijas, Alina Rosales Aguirreurreta, ingresó a Estados Unidos en 2023 con visa de turismo y hoy reside en Miami, la ciudad que el discurso oficial presenta como el epicentro del enemigo. Martí Noticias intentó contactarla, pero no obtuvo respuesta. El silencio, en estos casos, suele decirlo todo.
Otra hija, Suema Rosales Aguirreurreta, lleva una vida repartida entre Cancún y Cuba, con viajes frecuentes y negocios en La Habana, según fuentes citadas en el reportaje. Uno de sus hijos vive en Italia y celebró una boda de lujo en Nápoles, con familiares moviéndose por varios países europeos antes y después del evento, como si fueran ciudadanos del primer mundo.
El reportaje también apunta a Perla Rosa Rosales Aguirreurreta, otra de las hijas del general, como parte activa del entramado económico del poder. Perla ha sido vinculada a cargos directivos en Habaguanex y a estructuras absorbidas por GAESA, el conglomerado militar que controla los principales flujos de divisas del país. Donde entra GAESA, entran los privilegios, los viajes, las residencias exclusivas y el acceso garantizado a recursos vedados para el cubano común.
Pero el contraste más hiriente aparece en la tercera generación. Según Pentón y el analista Luis Domínguez, la nieta Daniela Rosales Pérez exhibía en redes sociales viajes por Europa mientras en julio de 2021 miles de cubanos se lanzaban a las calles a pedir libertad y comida. Varias de esas publicaciones habrían sido eliminadas después, tras advertencias para evitar el escándalo.
La joven aparece vinculada a estancias frecuentes en hoteles, a un sistema de rotación de viviendas de alto nivel y a un estilo de vida reservado exclusivamente para los apellidos del poder. Una Cuba blindada, sin apagones ni libretas de racionamiento, donde el sacrificio nunca toca la puerta.
El reportaje menciona además guarderías privadas de lujo, como Dulces Sueños, asociadas a zonas residenciales prohibidas para el cubano de a pie, así como vacaciones en polos turísticos restringidos, asignados a hijos y nietos de altos dirigentes.
Nada de esto es realmente nuevo. Ya en 2019, CubaNet había descrito a la familia Rosales del Toro como parte de una élite hereditaria, conectada con otros clanes militares históricos, como el de la general Teté Puebla. Una red cerrada de apellidos, cargos y privilegios que se reciclan de generación en generación, mientras el país se empobrece.
Mientras el régimen exige aguante, silencio y sacrificio, los hijos del poder viajan, se establecen fuera de Cuba, hacen negocios y viven como burgueses sin culpa. Como resume Mario J. Pentón en su investigación, el castrismo no es una patria compartida: es un sistema donde el sacrificio es obligatorio para los de abajo y el privilegio vitalicio para los de arriba.







