Miguel Díaz‑Canel salió otra vez a defender lo indefendible: la relación con Venezuela. El gordo lo pintó como una “alianza solidaria e integrada” que no se puede calificar, según él, como dependencia. El hombre habla de hermandad mientras la isla vive su peor colapso económico en décadas, con apagones, falta de alimentos y gasolina, y presión brutal desde Estados Unidos tras las últimas medidas del gobierno de Donald Trump.
En su comparecencia ante medios “amigos”, donde no faltaron corresponsales de agencias oficiales aliadas como Xinhua y RT, Díaz‑Canel se lanzó a justificar el vínculo con el chavismo como si estuviera narrando una epopeya revolucionaria. Dijo que aquellos que ven dependencia solo reducen una relación compleja a “intercambio de mercancías y servicios”, y que eso no representa la “realidad” de la cooperación entre La Habana y Caracas.
Como siempre en estos discursos, la narrativa se fue para lo grandioso: según él, ese convenio va más allá de simples transacciones. Lo presentó como si tocara todo —desde energía y agricultura hasta telecomunicaciones y cultura— e incluso aseguró que de esa relación surgieron cosas como el ALBA‑TCP y PetroCaribe, que describió como proyectos con “enfoque social” y de “justicia social”.
Díaz‑Canel no se tomó la molestia de conectar estas alocuciones con la vida real de los cubanos. No mencionó que millones en la isla enfrentan apagones crónicos, escasez de comida y medicinas, inflación descontrolada y una migración masiva de personas desesperadas por un futuro mejor. En contraste con su discurso triunfalista, la realidad cotidiana es otra muy distinta.
El mandatario incluso apeló a símbolos históricos, diciendo que esa integración entre Cuba y Venezuela era “la que soñó Martí” y “la que soñó Bolívar”, y que fue impulsada por Hugo Chávez y Fidel Castro. Esa retórica rimbombante sirve para las plazas oficiales, pero en los barrios habaneros la gente sabe que no es la hermandad lo que mantiene en pie al régimen, sino la dependencia energética y económica de Caracas.
Mientras el régimen insiste en defenestrar cualquier idea de dependencia, analistas y críticos llevan años señalando que el petróleo venezolano fue clave para sostener la economía cubana y, por extensión, al propio sistema político que Díaz‑Canel defiende a capa y espada. Sin ese flujo de crudo barato, Cuba estaría mucho más expuesta a las crisis que la están desangrando.
Esta defensa del gobierno no llega en un momento cualquiera. Viene justo cuando Cuba está bajo nuevas sanciones y medidas de Estados Unidos, y cuando el aislamiento político y la insostenible situación económica han dejado a la población cada vez más harta y desesperada. En lugar de enfrentar la crisis con honestidad y reformas reales, el régimen prefiere seguir con la misma cantaleta de siempre: que la culpa es de afuera y que todo es solidaridad revolucionaria.







