La crisis de combustible terminó de reventar lo que quedaba del transporte público urbano en La Habana. La ciudad amaneció prácticamente inmovilizada, con cientos de personas varadas en paradas y terminales, esperando una guagua que nunca llegó para poder ir al trabajo o simplemente regresar a casa.
Videos difundidos por el periodista Mario J. Pentón muestran escenas que ya se están volviendo rutina: paradas repletas, rostros cansados y una espera interminable. La capital vive hoy lo mismo que durante años sufrió el resto del país, mientras el discurso oficial fingía normalidad.
Las propias autoridades lo admitieron, aunque a su manera. A través de avisos publicados por la página oficialista Transportación Habana TH, se reconoció que el déficit de combustible continúa y que, por esa razón, no estaba operando ninguna ruta disponible. El mensaje calificó la afectación como “temporal”, pero sin atreverse a poner una fecha, porque ni ellos mismos la saben.
Minutos después, otro comunicado fue todavía más crudo. La entidad reconoció que la situación era crítica en toda la ciudad y que no había combustible para garantizar recorridos en rutas principales, alimentadoras ni complementarias en ninguna terminal. Dicho en cubano: La Habana entera se quedó sin transporte.
Según el propio aviso, los microbuses Gazelle y Fotón apenas funcionaban de forma testimonial, y algunas rutas podrían activarse parcialmente solo si aparecía combustible “alternativo”. Una improvisación más, típica de un sistema que vive resolviendo al día y nunca planifica.
El impacto es brutal en una ciudad donde miles de personas dependen del transporte público para llegar a sus centros de trabajo, escuelas y hospitales. La paralización se suma a los apagones, la escasez de alimentos y el deterioro general de los servicios básicos, empujando la vida cotidiana hacia un punto cada vez más insostenible.
Mientras el Gobierno insiste en hablar de “planes de contingencia” y llamados al ahorro, la realidad es otra: el colapso ya está aquí. La falta de combustible no solo apaga las luces, también detiene la ciudad, rompe rutinas, multiplica el cansancio y deja claro que el modelo no da más.
La Habana, símbolo que el régimen siempre intentó proteger para cuidar la imagen, ya no es excepción. Hoy también está a pie, esperando en una parada vacía, pagando el precio de décadas de mala gestión, secretismo y desprecio por la gente.







