En medio del desabastecimiento de combustible que tiene al país al borde del colapso, el viceprimer ministro y ministro del Comercio Exterior Óscar Pérez-Oliva Fraga dejó claro cuáles son las verdaderas prioridades del poder. Según afirmó, mantener la “preparación para la defensa” está entre los objetivos centrales del Gobierno, incluso cuando la Isla no tiene gasolina ni para mover guaguas o sostener la electricidad.
La declaración llegó al presentar un paquete de medidas que el régimen vende como respuesta al llamado “bloqueo energético” que vuelve a atribuir a Estados Unidos. La narrativa es conocida: buscar culpables afuera mientras se refuerza lo que siempre ha sido intocable, el aparato militar, aunque el país civil se desmorone.
De acuerdo con el discurso oficial, las acciones incluyen decisiones para la generación eléctrica y la transportación, junto al ya gastado anuncio de “dinamizar” proyectos solares y fuentes renovables. Promesas verdes repetidas una y otra vez, sin plazos claros ni resultados visibles, mientras los apagones siguen marcando la rutina diaria.
El plan, según se explicó, también se extiende a sectores “priorizados” como alimentos, agua, transporte y servicios básicos de salud y educación. La contradicción es evidente: todo es prioridad en el papel, pero en la práctica nada funciona y la gente sigue pagando el costo.
Durante una sesión extraordinaria, Miguel Díaz-Canel salió a defender el paquete de decisiones aprobado “en los últimos días” y aseguró que el nivel de elaboración alcanzado “da confianza”. Una frase que choca de frente con la realidad de un país apagado, paralizado y exhausto.
El mandatario volvió a elogiar la supuesta manera en que la dirección del país y la población han enfrentado la crisis, y habló del apoyo de empresarios, entidades y países dispuestos a trabajar con Cuba “por encima de las presiones”. Mucho optimismo discursivo, poca conexión con la vida real del cubano de a pie.
Además de anunciar medidas, las autoridades dijeron haber evaluado los resultados de su implementación, aunque sin ofrecer datos verificables ni explicaciones concretas sobre impactos reales. Todo quedó, una vez más, en el terreno de la propaganda.
En ese mismo marco, Roberto Morales Ojeda se encargó de detallar cómo las organizaciones políticas, los medios y las instituciones apoyarían la estrategia comunicacional. Traducido sin maquillaje: más control del relato, más consignas y menos transparencia.
Mientras tanto, los cubanos siguen sin combustible, sin transporte y sin electricidad, pero con un mensaje claro desde el poder: cuando hay crisis, lo primero que se protege no es al pueblo, sino al sistema que lo oprime. La defensa que obsesiona al régimen no es la del ciudadano, sino la de un modelo agotado que se sostiene a base de silencio, propaganda y fuerza.







