En Holguín se dispara el precio de los alimentos: Un paquete de pollo por 5000 pesos y una botella de aceite por 2000

Redacción

En Holguín ya casi nadie se sorprende, pero el golpe sigue doliendo. Los precios de alimentos básicos en el mercado informal volvieron a pegar un salto que deja a más de uno con la boca abierta. El paquete de pollo ronda los 5.000 pesos cubanos, una cifra que hace apenas meses parecía ciencia ficción.

El aceite de cocina no se queda atrás en esta carrera sin frenos. En anuncios recientes, la botella de un litro se mueve alrededor de los 2.000 CUP, mientras formatos ligeramente menores coquetean con los 1.900. Todo dentro de un escenario donde la escasez manda y los controles brillan por su ausencia.

Las publicaciones que circulan en redes y grupos de compra-venta muestran algo más preocupante que el precio en sí: la normalización. Lo que antes generaba indignación ahora se comenta con resignación. Precios de infarto convertidos en rutina diaria.

El problema no es solo cuánto cuesta, sino quién puede pagarlo. Con salarios estatales pulverizados por la inflación, estas cifras quedan fuera del alcance de la mayoría. La matemática es cruel. El dinero no alcanza, pero la necesidad no espera.

Este nuevo estirón de precios coincide con otro dato demoledor. El peso cubano continúa su caída libre frente al dólar en el mercado informal. Este 11 de febrero, la divisa estadounidense tocó los 500 CUP, un nivel que refleja el deterioro acelerado de la moneda nacional.

La depreciación no es un accidente aislado ni un sobresalto temporal. Responde a una tormenta perfecta donde convergen crisis económica, inflación persistente y desconfianza generalizada. Cada día que el peso pierde valor, la comida se vuelve más inaccesible.

El fenómeno crea un círculo vicioso difícil de romper. El alza del dólar empuja los precios, los precios disparados alimentan la incertidumbre, y la incertidumbre sigue debilitando la moneda. Mientras tanto, el ciudadano común queda atrapado en medio del vendaval.

En la calle, la sensación es la misma de siempre: sobrevivir. Ajustar gastos, inventar, recortar. Pero cuando productos tan básicos como el pollo o el aceite se disparan, el margen de maniobra desaparece. No es economía, es pura resistencia doméstica.

Holguín no es una excepción, sino otro reflejo de la realidad nacional. Lo que ocurre en sus barrios y mercados se repite, con matices, en buena parte del país. La diferencia es que los números siguen subiendo y los ingresos no.

El resultado es una presión constante sobre la vida cotidiana. Alimentarse, algo elemental en cualquier lugar, se transforma en un desafío financiero diario. Y en ese contexto, los discursos oficiales suenan cada vez más desconectados de la experiencia real.

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