Guantánamo no avanza, retrocede a toda máquina. La crisis energética y la sequía de combustible han empujado a la provincia a una especie de economía de emergencia donde lo básico —como el pan— depende ahora de soluciones que huelen más a pasado que a futuro.
La orden fue clara: hornos de leña y músculo humano. De las panaderías equipadas con este tipo de tecnología, varias llevaban tiempo apagadas, pero la urgencia obligó a rescatarlas contrarreloj. No por modernización, sino por pura necesidad.
En las cabeceras municipales el panorama es todavía más tenso. Sin electricidad estable, las amasadoras eléctricas quedaron como adornos caros. ¿La alternativa? Amasar a mano, como en los viejos tiempos, reagrupando trabajadores de donde aparezcan. Oficinistas, técnicos, quien sea. Aquí todo el mundo termina metiendo brazo.
La escena es casi surrealista. Mientras el discurso oficial habla de resistencia creativa, la realidad muestra a empleados agotados, sudando sobre la masa. No es épica revolucionaria, es falta de opciones.
Y como si el horno fuera poco, el diésel desaparecido terminó de rematar la logística. El transporte motorizado quedó fuera de juego. Ahora el pan viaja en bicitaxis, triciclos y coches de tracción animal. Una cadena de distribución digna de otra época.
Las autoridades insisten en que existen controles sanitarios rigurosos para evitar contaminaciones. Pero cuesta no arquear la ceja. Medios abiertos, polvo, calor, manipulación constante. La teoría suena bonita; la práctica, bastante más frágil.
Todo esto ocurre además en medio de un problema que nadie logra maquillar: la calidad del pan. Insumos deficientes, harinas cuestionables, procesos forzados. Un producto ya golpeado que ahora enfrenta riesgos adicionales.







