Lo que está pasando en Guantánamo parece sacado de una sátira, pero es pura realidad cubana. Tras la suspensión de clases universitarias por la llamada “opción cero”, estudiantes y profesores de la Universidad de Guantánamo han sido enviados a trabajar en la Oficina de Cobro de Multas. Sí, del aula al buró, sin escalas.
La decisión llega en medio del eterno déjà vu nacional: la escasez crónica de combustible. Cuando el Estado no puede sostener ni el transporte ni la generación eléctrica, la educación superior se convierte en otra víctima silenciosa. Sin gasolina, no hay clases. Sin clases, toca inventar destinos laborales improvisados.
La “opción cero”, ese término que en Cuba ya es sinónimo de crisis profunda, vuelve a marcar la pauta. No se trata de una interrupción puntual ni de un ajuste académico menor. Es la confirmación de un sistema que ya no logra garantizar la continuidad mínima de algo tan básico como el calendario docente.
Mientras en cualquier país una universidad representa conocimiento, investigación y futuro, aquí la historia toma un giro surrealista. Jóvenes formándose para ejercer profesiones terminan gestionando trámites burocráticos. Profesores, preparados durante años, alejados de sus cátedras. El capital humano reciclado a la fuerza por la inercia del colapso.
El mensaje implícito es demoledor. La prioridad ya no es enseñar ni aprender, sino sostener como sea la maquinaria administrativa del Estado. En lugar de soluciones estructurales, aparecen parches. En vez de normalidad académica, reasignaciones que evidencian hasta qué punto la crisis ha desbordado todos los límites.
Todo ocurre bajo el mismo libreto oficial de siempre. Factores externos, dificultades logísticas, escenarios complejos. Pero en la calle, en la universidad vacía y en las oficinas abarrotadas, la lectura es otra. La falta de combustible no es solo un problema energético; es un síntoma del desgaste total del modelo.







