La famosa Cartera de Oportunidades de Negocios de 2022, esa vitrina que el régimen exhibe con entusiasmo en cada evento de inversión extranjera, llegó cargada de promesas, pero también de silencios llamativos. Entre las propuestas de CubaSol, a través de CubaGolf, no apareció una extensa franja de terreno en Jaimanitas que desde hace años despierta rumores y sospechas.
No se trata de una parcelita cualquiera. Hablamos de una vasta zona al sur del poblado habanero, en el municipio Playa, conocida por todos como Punto Cero. Un sitio cargado de simbolismo político, asociado durante décadas a la élite del poder cubano y a las residencias de la familia Castro.
Muchos esperaban que en alguna actualización del portafolio del MINCEX se colara, aunque fuera discretamente, ese terreno privilegiado. Pero nada. Ni en ferias de turismo ni en torneos de golf se mencionó oficialmente la posibilidad de reconvertir la zona, como si el asunto simplemente no existiera.
Sin embargo, puertas adentro, la historia parece haber sido otra. Testigos de encuentros empresariales en Varadero aseguran que el tema sí circuló en conversaciones privadas. La idea de transformar Punto Cero en un campo de golf de 18 hoyos habría sido discutida con total naturalidad, aunque siempre bajo el manto de la confidencialidad.
El detalle que más llama la atención no es solo el proyecto en sí, sino el secretismo que lo rodea. Según versiones de interlocutores presentes en esas reuniones, la iniciativa estaría aprobada, pero manejada con extremo sigilo. Un patrón muy propio de las decisiones estratégicas del poder en Cuba.
No faltan tampoco las fricciones internas. Fuentes apuntan a resistencias dentro de sectores conservadores del propio aparato estatal, e incluso a incomodidades en círculos cercanos a la familia Castro. Ni siquiera dentro del núcleo histórico del régimen parecería existir consenso absoluto sobre el destino de esos terrenos.
La génesis de estos rumores no es reciente. Desde hace años circulan versiones sobre la posible reconversión del antiguo enclave residencial en un complejo de lujo orientado a extranjeros. La conexión con la Marina Hemingway aparece de manera recurrente en esas especulaciones.
El contraste resulta difícil de ignorar. Mientras el discurso oficial insiste en la austeridad, la soberanía y la resistencia, en las sombras se barajan proyectos inmobiliarios de élite sobre espacios históricamente vedados al ciudadano común. Un guion que se repite con demasiada frecuencia en la Isla.
A esto se suma un cambio visible en la dinámica de seguridad de la zona. Lo que antes era prácticamente un territorio blindado, con estrictos perímetros de control, hoy muestra signos de relajación operativa. Menos movimiento militar, más deterioro físico y una sensación de abandono que no pasa desapercibida.
Vecinos y observadores habituales describen un paisaje marcado por la maleza y el desgaste. Garitas semivacías, estructuras envejecidas y terrenos que ya no evocan el hermetismo de otros tiempos. El antiguo corazón simbólico del poder luce hoy más cercano a la desidia que al misterio.
Pero en Cuba, nada es tan simple como parece. Detrás del aparente abandono podrían estar moviéndose intereses económicos de alto calibre. El valor estratégico de esos terrenos, en una capital con limitadas áreas de desarrollo exclusivo, es sencillamente incuestionable.
Así, Punto Cero vuelve al centro de la conversación pública, no por su pasado político, sino por su potencial como activo inmobiliario. Una historia que refleja, una vez más, cómo en la Isla los símbolos del poder pueden mutar silenciosamente en oportunidades de negocio, siempre lejos del escrutinio ciudadano.







