La tensión entre Estados Unidos y el régimen cubano suma otro capítulo. Este jueves, desde Washington se lanzó una acusación directa: agentes vinculados al aparato estatal habrían estado acosando al jefe de misión estadounidense en La Habana, Mike Hammer, durante sus recientes recorridos por la isla.
La denuncia llegó de boca del subsecretario de Estado, Christopher Landau, quien no se anduvo con rodeos. En redes sociales dejó claro que las autoridades estadounidenses tienen plenamente identificados a los implicados y que la respuesta no será simbólica.
“Queremos que entiendan que sabemos quiénes son”, afirmó Landau, acompañado de una advertencia que suena a golpe seco: sanciones de visado para quienes participen en este tipo de acciones. El mensaje, sin maquillaje diplomático, apunta directamente a las prácticas de hostigamiento que La Habana suele negar mientras las ejecuta.
El funcionario estadounidense recordó además un principio básico del derecho internacional, ese que el gobierno cubano invoca cuando le conviene. Los diplomáticos, subrayó, deben poder desempeñar sus funciones sin ser intimidados ni rodeados por turbas.
La publicación incluyó un video que rápidamente encendió las redes. En las imágenes se escuchan gritos y consignas mientras Hammer sube a un vehículo oficial, una escena que muchos cubanos reconocen demasiado bien. La vieja fórmula del “acto espontáneo”, tan repetida que ya ni intenta disimular su carácter organizado.
Los viajes del diplomático por diferentes provincias han generado visible incomodidad en las estructuras de poder. Hammer ha optado por una estrategia poco habitual en la isla: contacto directo con ciudadanos, encuentros comunitarios y conversaciones fuera del guion oficial. Algo que, en el contexto cubano, suele ser visto como una provocación imperdonable.
El episodio ocurre en medio de un clima bilateral cargado de electricidad política. Las fricciones entre Washington y La Habana se han intensificado tras las medidas adoptadas por la administración de Donald Trump, especialmente en el terreno energético, donde las restricciones y aranceles han golpeado a un país ya sumido en apagones interminables.
Mientras el gobierno cubano insiste en culpar exclusivamente a factores externos, la realidad interna habla por sí sola. La crisis energética, el deterioro económico y el malestar social crean un escenario donde cualquier movimiento diplomático adquiere una dimensión explosiva.
La acusación estadounidense no solo expone un incidente puntual. También pone sobre la mesa un patrón conocido: el uso de mecanismos de presión, vigilancia y escarmiento público contra figuras incómodas. Una práctica que, lejos de desaparecer, parece reciclarse con obstinada disciplina.







