Prensa oficialista defiende el uso del carbón en las cocinas cubanas como una «alternativa ecológica» para apoyar «lo local»

Redacción

Una publicación de Radio Guantánamo en Facebook encendió las redes y no precisamente por entusiasmo. El medio presentó el regreso del carbón vegetal a las cocinas como una “alternativa ecológica”, una frase que para muchos sonó más a ironía que a solución.

“Cocinar con lo nuestro, apoyar lo local”, decía el mensaje, acompañado por la imagen de sacos de carbón listos para la venta. Bastó eso para que los comentarios se dispararan. Y el tono fue cualquier cosa menos amable.

Usuarios cuestionaron de frente la etiqueta de “ecológico”. Algunos lo calificaron como símbolo de retroceso, otros como simple consecuencia de la crisis energética. La idea se repitió con fuerza: no es una opción moderna ni voluntaria, sino una respuesta forzada por los apagones y la escasez de gas.

También apareció un argumento incómodo para la narrativa oficial. Varias voces advirtieron sobre los efectos ambientales y de salud asociados al uso masivo del carbón. El humo, la tala y la contaminación doméstica se colaron en la discusión, desmontando la imagen romántica del “volver a lo tradicional”.

El bolsillo, como siempre, terminó en el centro del debate. Internautas mencionaron precios que van desde cifras altas hasta niveles prácticamente prohibitivos para el salario medio. En un país donde cada peso cuenta, cocinar puede convertirse en un lujo inesperado.

La controversia no surge en el vacío. Cuba atraviesa un escenario marcado por apagones prolongados, suministro eléctrico inestable y serias dificultades con el gas licuado. En ese contexto, el carbón vegetal dejó de ser un recurso ocasional para convertirse en protagonista cotidiano.

Reportes recientes muestran otra cara del fenómeno. En zonas rurales, la producción de carbón se ha transformado en salvavidas económico para muchas familias. No por vocación ecológica, sino porque es de los pocos oficios que aún genera ingresos rápidos en una economía asfixiada.

El debate revela algo más profundo que una simple disputa semántica. Expone el desgaste de un discurso oficial que intenta vender normalidad o virtud donde gran parte de la población percibe carencia y supervivencia. Y ahí es donde las redes, sin filtros ni formalidades, terminan diciendo lo que mucha gente murmura en la calle.

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