El viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, salió al paso de los rumores con un portazo verbal. Nada de conversaciones secretas, nada de acuerdos discretos, nada de transiciones cocinándose en la sombra con Washington. Según él, todo es puro ruido.
En declaraciones al diario mexicano La Jornada, el diplomático despachó las versiones como simples “chismes”. La palabra no fue casual. La idea era clara: restarle peso a las historias que circulan sobre supuestos contactos de alto nivel entre La Habana y Estados Unidos.
El funcionario fue más allá y presentó esos reportes como una maniobra de distracción. A su juicio, la atención debería centrarse en lo que llamó el “estrangulamiento energético” provocado por la política de Donald Trump, especialmente tras las medidas que afectan el suministro de combustible hacia la isla.
Las especulaciones, sin embargo, no nacieron de la nada. Diversos medios y plataformas del exilio han mencionado al coronel Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro, como supuesto participante en intercambios discretos con actores estadounidenses. México aparece en esos relatos como escenario recurrente.
Fernández de Cossío lo negó sin titubeos. Insistió en que no existen negociaciones de ese tipo ni mediaciones del gobierno de Claudia Sheinbaum, subrayando que la relación bilateral se mantiene —según su versión— en términos de cooperación y amistad, no de intrigas políticas.
Aunque descartó cualquier diálogo formal o de alto nivel con Washington, dejó escapar un matiz interesante: reconoció intercambios de mensajes. No es lo mismo que una mesa de negociación, pero tampoco es exactamente silencio absoluto.
El trasfondo regional añade más leña al fuego. Tras la sorpresiva captura de Nicolás Maduro, el tablero político latinoamericano se agitó y los rumores sobre posibles reacomodos en Cuba encontraron terreno fértil. Cuando el contexto tiembla, las teorías brotan solas.
Lejos de limitarse al desmentido, el viceministro adoptó un tono combativo. Comparó las sanciones estadounidenses con lógicas coloniales y rechazó cualquier narrativa que atribuya la crisis interna exclusivamente a decisiones del gobierno cubano.
También descartó fracturas dentro del poder en la isla. Ninguna división, ningún quiebre, ningún escenario de transición en el horizonte. Al menos, esa es la fotografía oficial que intenta proyectar la cancillería.
El problema es que, en Cuba, la distancia entre discurso y percepción ciudadana suele ser enorme. Mientras las autoridades hablan de soberanía y conspiraciones externas, la vida cotidiana sigue marcada por apagones, escasez y una desconfianza cada vez más visible.
Y así queda el cuadro: un gobierno que niega, un rumor que persiste y una población que observa, entre cansada y escéptica, cómo cada versión se estrella contra la pared del desmentido oficial. Porque en la isla, incluso los silencios generan sospechas.







