Brasil podría enviar cargamento de ayuda humanitaria al régimen para oxigenar su sostén en medio de la peor crisis de su historia

Redacción

En medio del deterioro económico y sanitario que arrastra Cuba, el Gobierno de Brasil analiza el envío de un nuevo cargamento de ayuda humanitaria centrada en medicamentos e insumos básicos. La noticia, difundida por Prensa Latina a partir de informaciones del portal Brasil de Fato, vuelve a poner sobre la mesa una discusión incómoda: hasta dónde llega la solidaridad y dónde comienza el apuntalamiento político.

Según las versiones publicadas, el Ministerio de Desarrollo Agrario brasileño habría señalado que la operación estaría coordinada por la Agencia Brasileña de Cooperación, bajo la estructura del Ministerio de Relaciones Exteriores. La Cancillería brasileña presentó la iniciativa como parte de compromisos previos entre ambos gobiernos.

El origen de esos acuerdos se remonta a la visita de Luiz Inácio Lula da Silva a La Habana durante la Cumbre del G77 más China. Desde entonces, la narrativa oficial ha girado alrededor de la cooperación y el apoyo mutuo. Sin embargo, para muchos observadores, este tipo de programas termina funcionando como un balón de oxígeno para el aparato estatal cubano.

Durante encuentros bilaterales celebrados en 2025, ambas partes identificaron áreas de cooperación con respaldo de organismos internacionales. Posteriormente, en diciembre, se constituyó un Grupo de Trabajo Bilateral para dar continuidad a esos entendimientos. En el papel, la iniciativa luce técnica y diplomática. En la práctica, el contexto cubano complica cualquier lectura inocente.

Brasil no es un actor nuevo en este terreno. Desde 2023, el país sudamericano ha enviado a la isla medicinas, vacunas, insumos sanitarios y equipos de purificación de agua. También se reportaron entregas de alimentos y suministros tras eventos meteorológicos, así como apoyo ante brotes epidemiológicos.

El problema no radica en la ayuda en sí, sino en el entorno donde aterriza. Cuba atraviesa una crisis estructural marcada por escasez crónica, colapso de servicios básicos y apagones que castigan a la población, mientras el sector estatal mantiene férreo control sobre la distribución de recursos.

En paralelo a la postura gubernamental brasileña, movimientos sociales del país han intensificado campañas de apoyo a la isla. TeleSur destacó recientemente una iniciativa encabezada por el Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra, orientada a recaudar fondos para la compra masiva de medicamentos.

Voceros del MST defendieron la acción bajo el argumento de la solidaridad internacional y las dificultades de Cuba para acceder al mercado farmacéutico. Un discurso que resuena en ciertos sectores políticos, aunque también despierta cuestionamientos sobre la falta de transparencia en el destino final de los recursos enviados.

Mientras tanto, la presión internacional sobre La Habana no da señales de disminuir. A finales de enero, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que contempla aranceles para países o actores que suministren petróleo a Cuba, reforzando el cerco energético en un momento crítico para la isla.

En este tablero geopolítico, la ayuda externa adquiere una dimensión inevitablemente política. Cada envío, cada anuncio, cada gesto diplomático se interpreta dentro de un escenario donde el régimen cubano enfrenta una de las peores crisis económicas de su historia reciente.

Chile también apareció en escena. Su canciller, Alberto van Klaveren, confirmó la asignación de un millón de dólares en asistencia humanitaria, aclarando que el aporte no constituye respaldo político al Gobierno cubano. El detalle clave fue otro: los fondos serán canalizados mediante UNICEF, evitando intermediación directa de autoridades de la isla.

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