Una nueva publicación de las Unidades de Destino Especial de la Marina de Guerra Revolucionaria volvió a poner sobre la mesa el eterno choque entre imagen oficial y realidad cubana. Esta vez, el detonante fue una fotografía difundida durante las actividades por el Día Nacional de la Defensa, donde varios buzos militares aparecen realizando maniobras en el mar.
La instantánea, compartida por el perfil del Ejército Oriental, pretendía transmitir disciplina, capacidad operativa y músculo militar. En la escena se observan combatientes equipados con sistemas de respiración autónoma y un artefacto subacuático tipo torpedo, en lo que claramente buscaba proyectarse como una postal de eficiencia y modernidad.
Pero en redes, como suele pasar cuando la narrativa se topa con la memoria colectiva, la reacción no fue precisamente de aplausos. Entre los cientos de comentarios destacó la intervención de un exsoldado cubano que aseguró haber integrado esa misma unidad en 2004. Su testimonio, lejos de reforzar el mensaje oficial, abrió una grieta incómoda.
El exmilitar describió un panorama muy distinto al que sugiere la foto. Habló de equipamiento escaso, medios envejecidos y recursos que no alcanzaban para todos, obligando a los buzos a turnarse los implementos de trabajo. Una dinámica que, según su relato, era más supervivencia que entrenamiento de élite.
También recordó problemas con máscaras y aletas de fabricación nacional que, en lugar de facilitar las operaciones, terminaban provocando molestias físicas y lesiones. Un detalle nada menor cuando se trata de fuerzas especiales cuya eficacia depende, en buena medida, de la fiabilidad de sus herramientas.
Las críticas no se detuvieron ahí. El exsoldado mencionó deficiencias en el dispositivo subacuático utilizado durante las maniobras, identificado por él como “tursub”. Afirmó que los indicadores de presión eran poco confiables, lo que limitaba seriamente la profundidad de inmersión y, por tanto, la utilidad real del equipo.
El contraste entre la postal difundida por los canales oficiales y las experiencias relatadas en redes volvió a encender el debate. Porque más allá de una simple imagen, lo que muchos ven es otro intento de maquillar precariedades estructurales bajo la estética de la propaganda.
En un país donde la escasez marca la vida cotidiana, no pocos usuarios cuestionaron hasta qué punto estas demostraciones reflejan capacidades reales o si se trata, una vez más, de escenografías cuidadosamente construidas. La discusión, inevitablemente, trasciende lo militar y se adentra en la credibilidad del discurso estatal.
La fotografía, que buscaba reforzar la narrativa de fortaleza, terminó provocando el efecto contrario. En lugar de admiración, generó dudas, ironías y recuerdos incómodos. En el ecosistema digital cubano, donde la gente ya está curada de espanto, la épica oficial rara vez pasa sin ser examinada con lupa.
Y así, lo que pretendía ser una demostración de poder terminó convertido en otro capítulo del viejo guion nacional: la distancia entre lo que se muestra y lo que se vive. Una brecha que, en Cuba, no necesita demasiada presentación.







