Cuba volvió a despertar atrapada en la misma pesadilla energética que ya no sorprende a nadie. Apagones interminables, un déficit de generación que roza cifras críticas y la sensación de que el Sistema Eléctrico Nacional camina sobre una cuerda cada vez más frágil. La crisis, lejos de aliviarse, se hunde más en su propio desgaste.
La Unión Eléctrica, en su reporte correspondiente a este 18 de febrero, confirmó lo que millones de cubanos vivieron en carne propia. Durante toda la jornada anterior, el servicio eléctrico estuvo comprometido por falta de capacidad. No hubo respiro. El déficit marcó el ritmo de las 24 horas, con un pico que alcanzó 1,793 megavatios en horario nocturno.
La madrugada no trajo alivio alguno. El patrón de interrupciones se mantuvo, evidenciando un problema que ya dejó de ser coyuntural. A las seis de la mañana, la disponibilidad real del sistema apenas superaba los 1,280 MW, muy por debajo de una demanda que rondaba los 2,170 MW. El resultado fue inmediato: cientos de megavatios fuera de alcance y más zonas sumidas en la oscuridad.
Para el horario diurno, las proyecciones tampoco ofrecían consuelo. La afectación estimada rondaba los 900 MW, una cifra que ilustra el desbalance persistente entre lo que el país necesita y lo que el sistema puede realmente entregar. La brecha energética sigue siendo brutal.
El deterioro del sistema eléctrico cubano no responde a un incidente aislado ni a una avería puntual. La propia UNE reconoció fallas en varias unidades generadoras de centrales termoeléctricas clave. Santa Cruz, Felton y Antonio Maceo aparecen en el parte como símbolos de una infraestructura agotada y cada vez más vulnerable.
A estas averías se suman mantenimientos en otras plantas estratégicas. Mariel, Nuevitas y Carlos Manuel de Céspedes permanecen parcialmente fuera de servicio, un recordatorio constante de la obsolescencia tecnológica que arrastra el país. Cada unidad detenida amplifica la presión sobre un sistema que ya opera al límite.
Las limitaciones en la generación térmica agravan aún más el panorama. Centenares de megavatios permanecen desconectados, no por decisiones tácticas, sino por incapacidad técnica. El músculo energético simplemente no da más.
Para el horario pico, las autoridades proyectaron la incorporación de algunas fuentes adicionales. Emplazamientos de fuel y motores flotantes prometen sumar capacidad, pero incluso con esas entradas previstas, el déficit continúa siendo demoledor. La disponibilidad esperada dista mucho de cubrir la demanda máxima estimada, dejando un hueco energético difícil de maquillar.
En términos prácticos, esto se traduce en más apagones. Más circuitos desconectados. Más hogares enfrentando horas —a veces días— sin electricidad. Porque cuando el déficit supera márgenes críticos, la única válvula de ajuste es el corte masivo del servicio.
El reporte también destacó la producción de los nuevos parques solares fotovoltaicos. Las cifras, aunque presentadas con optimismo institucional, no logran cambiar la ecuación fundamental. La generación renovable sigue siendo insuficiente frente al colapso térmico que define la realidad del SEN.
En La Habana, la capital del país, el escenario fue igualmente áspero. El servicio eléctrico estuvo afectado durante casi todo el día, una situación que desmonta cualquier intento de presentar la crisis como un fenómeno localizado. Ni siquiera el principal centro político y administrativo escapa a la inestabilidad.
Las propias autoridades eléctricas advierten que, si no mejora la disponibilidad del sistema, podrían ejecutarse cortes sin horarios definidos. Una frase que en el lenguaje cotidiano del cubano significa lo peor: incertidumbre total. La electricidad puede irse en cualquier momento, sin aviso ni planificación clara.
Este panorama no nació ayer. Es la consecuencia acumulada de años de abandono, falta de inversión y una dependencia estructural de combustibles que el país no logra asegurar de forma estable. La crisis energética cubana es, en esencia, un problema sistémico que se ha ido profundizando con el tiempo.
Mientras la demanda supera con creces la capacidad real de generación y múltiples unidades continúan fuera de servicio, millones de cubanos siguen atrapados en una rutina marcada por la oscuridad. La recuperación del sistema, tantas veces anunciada, continúa siendo más promesa que realidad tangible.







