La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, soltó una declaración que no pasó inadvertida en el escenario regional. Durante su habitual conferencia matutina, confirmó que su gobierno participa en conversaciones para evaluar la viabilidad de un eventual acercamiento entre Estados Unidos y Cuba. Un tema que, como era de esperar, levanta ruido político dentro y fuera de la Isla.
Sheinbaum dejó claro que la idea no depende únicamente de la Casa de Gobierno mexicana. Subrayó que cualquier avance requiere algo más que buena voluntad diplomática. Según explicó, la posibilidad de diálogo está atada a la disposición de Washington y La Habana, además de las condiciones que cada parte decida establecer.
En su intervención, la mandataria insistió en un punto que forma parte del ADN de la política exterior mexicana. Reiteró que México se rige por los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos, enfatizando que el rumbo político de Cuba corresponde exclusivamente a los cubanos.
El discurso, pulido y medido, apeló a la solución pacífica de los conflictos como vía preferente. Una postura coherente con la tradición diplomática mexicana, aunque inevitablemente polémica cuando se proyecta sobre la compleja realidad cubana, marcada por décadas de autoritarismo y crisis estructural.
Más allá del tema del diálogo, Sheinbaum abordó la continuidad de la ayuda a la Isla. Aseguró que México mantendrá el envío de asistencia humanitaria y respaldará iniciativas solidarias. Incluso mencionó acciones denominadas de “pueblo a pueblo”, como colectas realizadas en el Zócalo capitalino para financiar cargamentos destinados a Cuba.
También apuntó a la posible incorporación de otros países a estos esfuerzos. España apareció en su comentario como un actor interesado en sumarse a la dinámica de apoyo. Sin embargo, no se ofrecieron detalles sobre la creación de un mecanismo multilateral concreto ni sobre la estructura de esa cooperación.
La presidenta defendió además los convenios bilaterales vigentes con el gobierno cubano. Entre ellos, los relacionados con el suministro de petróleo y la presencia de médicos cubanos en territorio mexicano. Frente a críticas y cuestionamientos, Sheinbaum rechazó que estos acuerdos impliquen explotación, calificándolos como fórmulas legítimas de colaboración.
Sus palabras, aunque previsibles dentro de la línea oficial mexicana, contrastan con la percepción de numerosos observadores que ven en estos contratos un terreno cargado de matices políticos y económicos. La cooperación con Cuba, en cualquier formato, rara vez escapa al debate internacional.
En paralelo, el tablero geopolítico se calienta con versiones que añaden un toque de intriga. Diversos reportes periodísticos apuntan a presuntos contactos discretos entre actores de alto nivel en Estados Unidos y figuras vinculadas al núcleo histórico del poder en Cuba. Un terreno donde la información verificable suele escasear y las especulaciones abundan.
En ese contexto, la narrativa sobre eventuales diálogos indirectos y negociaciones extraoficiales alimenta todo tipo de interpretaciones. Lo que sí resulta evidente es que el tema cubano vuelve a ocupar espacios relevantes en la conversación política regional, impulsado tanto por gestos diplomáticos como por rumores persistentes.
Mientras tanto, dentro de Cuba, la realidad sigue marcada por apagones, escasez y una economía exhausta. Cualquier anuncio de diálogo o mediación internacional se observa con mezcla de esperanza y escepticismo. Porque en la Isla, después de tantos años de promesas y tensiones, las palabras pesan menos que los cambios reales.







