Ulises Toirac envía fuerte y claro mensaje al régimen cubano: «Los problemas no se solucionan con consignas»

Redacción

La crisis energética en Cuba ya no solo se mide en megavatios perdidos o en horas sin luz. También se refleja en algo más difícil de maquillar: el país detenido, casi en pausa, como si la vida cotidiana caminara con el freno de mano puesto. Y pocas descripciones han sido tan demoledoras como la del humorista Ulises Toirac, quien lanzó una crítica afilada contra lo que bautizó como la “naditud” del gobierno.

Desde su perfil en Facebook, Toirac pintó una escena que muchos cubanos reconocen sin esfuerzo. Calles en silencio, motores ausentes y una movilidad reducida a mínimos históricos. “Escuchar un carro pasar se ha vuelto un evento raro”, vino a decir en esencia, mientras señalaba un dato que golpea directo al bolsillo: el litro de gasolina rondando cifras absurdas.

No es una exageración ni un recurso humorístico. La escasez de combustible y el disparo de los precios han transformado el transporte en un lujo. Los boteros, obligados a sobrevivir en la misma tormenta, ajustan tarifas que resultan impagables para buena parte de la población. Moverse entre municipios dejó de ser rutina; ahora es cálculo, sacrificio y, muchas veces, imposibilidad.

Lo más incómodo para la narrativa oficial es que Toirac no compró el argumento simplista de culpar exclusivamente a factores externos. Aunque reconoce que las sanciones estadounidenses inciden en la situación, su reflexión apunta hacia un problema más profundo. La fragilidad estructural del propio sistema, esa que no nació ayer ni puede explicarse solo desde Washington.

El humorista desmonta, con tono directo y sin rodeos, la idea de que la crisis surgió de repente. La escasez, sugiere, no es un fenómeno coyuntural ni una tormenta inesperada. Es el resultado acumulado de un modelo económico incapaz de sostener niveles básicos de producción, eficiencia y estabilidad.

Pero su crítica más dura no se detiene en el diagnóstico económico. Toirac clava el dardo en la conducta del poder. Habla de una gestión enfocada en sobrevivir el día, en capear el temporal sin decisiones reales de fondo. Un estilo de administración que, lejos de proyectar soluciones a mediano o largo plazo, se limita a apagar fuegos inmediatos.

La metáfora que utiliza resulta tan gráfica como inquietante. Describe al país como un cuerpo que se desangra mientras quienes deberían actuar observan sin moverse. No es solo una crítica política; es una acusación de inercia institucional en medio de un deterioro visible.

Para Toirac, esa pasividad no es simple incapacidad ni desorden administrativo. Es, en sí misma, una decisión. No hacer también es una postura, advierte. La inmovilidad, lejos de ser accidental, se convierte en una estrategia que evita riesgos políticos, aunque el costo social resulte devastador.

El trasfondo económico agrava aún más el panorama. La devaluación constante del peso cubano erosiona cualquier margen de supervivencia. Cada día que pasa, la moneda pierde valor y la capacidad adquisitiva se encoge, empujando a más ciudadanos hacia una realidad marcada por la precariedad y la desesperación.

En ese contexto, las consignas oficiales suenan cada vez más desconectadas de la experiencia diaria. Toirac lo resume con una frase que resuena con fuerza en la calle: los problemas no se resuelven con discursos. La urgencia material no entiende de retórica, y la vida cotidiana no se sostiene con slogans.

La reflexión del humorista, cargada de ironía pero también de crudeza, conecta con una percepción extendida entre los cubanos. El país no solo enfrenta apagones o escasez. Enfrenta una sensación persistente de estancamiento, donde las soluciones prometidas nunca terminan de aterrizar.

Mientras tanto, la Isla continúa atrapada entre cortes eléctricos, crisis de combustible y una economía exhausta. Y en medio de ese panorama, voces como la de Toirac recuerdan algo incómodo para el poder: la realidad siempre termina colándose, incluso en clave de humor.

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