Régimen promociona como todo un logro tecnológico la instalación de los primeros semáforos con paneles solares en Camagüey

Redacción

Camagüey estrenó su primer semáforo alimentado por energía solar fotovoltaica. La noticia, presentada como avance tecnológico, llega en un contexto donde la innovación muchas veces nace más de la urgencia que de la planificación. Cuando la electricidad falla, el sol termina haciendo de salvavidas.

El dispositivo fue colocado en un cruce neurálgico de la ciudad, un punto donde el tráfico no perdona descuidos. La promesa oficial es clara: mantener la señalización activa incluso durante los apagones que ya forman parte del paisaje cotidiano. En teoría, una mejora para la seguridad vial. En la práctica, otro reflejo de la fragilidad energética nacional.

La tecnología no es improvisada. El sistema opera con paneles solares, baterías de litio e inversores inteligentes que gestionan la energía de forma autónoma. Durante el día, si hay corriente, el equipo se alimenta de la red convencional mientras acumula carga solar. Si el suministro colapsa, entra en acción la reserva almacenada. Automático, silencioso, casi simbólico.

Por la noche, el semáforo funciona exclusivamente con la energía acumulada. La autonomía anunciada oscila entre cuatro y seis horas. No es poca cosa para la regulación del tránsito, pero tampoco es una garantía absoluta en un país donde los cortes eléctricos pueden tragarse la mayor parte del día.

La iniciativa no es inédita. La Habana ya había implementado variantes similares. Que ahora llegue a Camagüey confirma una tendencia: buscar soluciones puntuales ante un problema estructural que no encuentra salida definitiva. La creatividad técnica intenta cubrir huecos que la infraestructura ya no puede sostener.

El argumento oficial apela a la seguridad vial. Y razón no falta. En ausencia de semáforos, muchas intersecciones se convierten en territorios de negociación improvisada. Bocinas, gestos, frenazos. Un caos que incrementa el riesgo de accidentes y tensiones entre conductores y peatones.

Pero el trasfondo del asunto va mucho más allá del tránsito. Cuba vive atrapada en una crisis energética persistente, marcada por termoeléctricas envejecidas, déficit de generación y escasez crónica de combustible. Los apagones dejaron de ser episodios aislados para convertirse en rutina exasperante.

En varias provincias, los cortes se extienden por jornadas que desdibujan la normalidad. Hogares paralizados, comercios a media máquina, servicios públicos intermitentes. La inestabilidad eléctrica ya no sorprende, simplemente condiciona la vida diaria.

En ese escenario, la instalación de semáforos solares despierta lecturas encontradas. Por un lado, representa una alternativa técnica lógica. Por otro, subraya hasta qué punto el sistema convencional ha perdido fiabilidad. Cuando un semáforo necesita independizarse de la red, el mensaje implícito es difícil de ignorar.

La precariedad energética impacta directamente la movilidad urbana. Sin electricidad estable, fallan señales, disminuye la iluminación nocturna y se reduce la capacidad de gestión del tránsito. Todo en un entorno ya golpeado por pavimento deteriorado y señalización insuficiente.

El resultado es una circulación marcada por la incertidumbre. Conductores obligados a improvisar, peatones expuestos, intersecciones que funcionan más por intuición que por regulación efectiva. La seguridad vial termina dependiendo de la paciencia y la suerte.

El modelo híbrido aplicado en Camagüey busca evitar precisamente esos vacíos críticos. Garantizar continuidad operativa, reducir dependencia de combustibles fósiles y mantener orden en zonas de alto flujo. Objetivos razonables en cualquier país. En Cuba, además, inevitables.

Sin embargo, ningún semáforo solar puede ocultar el problema de fondo. La crisis energética no se resuelve con dispositivos aislados, sino con transformaciones profundas en generación, infraestructura y gestión. Mientras eso no ocurra, cada avance tecnológico cargará también una sombra de emergencia.

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