En medio de la crisis del combustible en Cuba, la Corporación Cimex S.A. salió a apagar otro incendio, esta vez digital. La entidad lanzó una advertencia pública sobre la circulación de una aplicación fraudulenta que estaría utilizando la imagen del sistema estatal Ticket para simular ventas de gasolina desde el exterior.
La alarma fue encendida junto a XETID, la empresa encargada del desarrollo de la plataforma. Según explicaron, la app identificada como “Apk Tiket” estaría explotando ilegalmente la identidad visual del servicio oficial, un movimiento que levanta más de una ceja en un país donde la desesperación por el combustible crece cada día.
Las autoridades fueron tajantes. Ticket, insisten, no procesa pagos en divisas, ni realiza cobros fuera de los canales institucionales. Todo funciona —al menos en teoría— mediante suscripciones en moneda nacional, utilizando EnZona y Transfermóvil como únicas pasarelas autorizadas.
También recalcaron que el sistema legítimo no solicita datos financieros externos. Los requisitos, según la versión oficial, se limitan a información básica como nombre, carné de identidad, correo electrónico, teléfono y número de circulación del vehículo o identificación de equipos eléctricos.
La advertencia no es casual. Llega en un contexto donde la escasez de gasolina ha convertido cualquier vía de acceso en terreno fértil para engaños. Cuando el recurso falta, aparecen oportunistas, clones digitales y promesas demasiado buenas para ser verdad.
Hace más de tres años, el Gobierno decidió trasladar parte del caos de los Cupet a los teléfonos móviles. Ticket, una aplicación concebida originalmente para reservar turnos en barberías o talleres, terminó mutando en herramienta clave para la compra de combustible.
La narrativa oficial vendió la medida como modernización y orden. Pero en la práctica, muchos cubanos sienten que la cola física simplemente cambió de formato. Ya no es solo esperar bajo el sol. Ahora también toca aguardar frente a una pantalla, rezando porque el sistema no falle.
El mecanismo impone reglas estrictas. El usuario entra en una “sala de espera” digital, aguarda un turno y, si lo obtiene, dispone de apenas 24 horas para ejecutarlo. Si no llega a tiempo, pierde la oportunidad, como si la gasolina sobrara.
La suscripción obligatoria para recibir notificaciones añade otro elemento polémico. Puede parecer simbólica en cifras, pero en un país con salarios golpeados por la inflación, cada peso cuenta. Y la sensación de pagar por la posibilidad —no la garantía— de comprar combustible, no ha sido precisamente bien recibida.
Las críticas no han parado desde su implementación. Fallos técnicos, demoras, bloqueos, sobrecarga del sistema. Para muchos usuarios, la experiencia ha sido más frustrante que resolutiva.
Incluso medios oficiales han reconocido irregularidades. Tribuna de La Habana llegó a mencionar prácticas como la inscripción de un mismo vehículo en varios servicentros, una maniobra que el discurso estatal suele presentar como fraude, pero que en la calle se interpreta como simple supervivencia.
Porque cuando el combustible escasea, la gente inventa. No por deporte, sino por necesidad. La rigidez del sistema y la baja disponibilidad han alimentado un mercado paralelo donde, según denuncias recurrentes, los turnos también se negocian por la izquierda.
Mientras tanto, en muchos Cupet continúan viéndose escenas que chocan con la promesa de orden digital. Vehículos que pasan sin ticket, turnos supuestamente vendidos y usuarios que aseguran llevar meses registrados sin lograr abastecerse.
En este panorama cargado de malestar y desconfianza, la aparición de una app fraudulenta añade otra capa de incertidumbre. Para una población agotada por apagones, inflación y escasez, incluso la búsqueda de gasolina se convierte en un campo minado.







