La Habana huele a basura quemada en todas sus calles: Escasez de combustible provoca incendios en los basureros que llenan de humo tóxico las casas

Redacción

La Habana no amanece igual. En los últimos días, las redes sociales se han convertido en una especie de desahogo colectivo donde vecinos de distintos municipios repiten la misma queja: el humo de la quema de basura ya no es algo ocasional, sino una presencia fija que se cuela por ventanas, cuartos y pulmones.

Lo que muchos pensaron que era un problema aislado en su cuadra terminó revelándose como un fenómeno extendido. Noche tras noche, el olor a desperdicios quemados y la bruma gris forman parte del paisaje. Y no, no es exageración ni histeria colectiva. Es la rutina.

“Creía que era cosa mía”, escribió una habanera en Facebook. Cerraba puertas, sellaba rendijas, intentando convencerse de que al día siguiente todo estaría normal. Pero el humo volvió, como vuelve casi todo en Cuba: los apagones, la escasez, la incertidumbre.

La mujer lo describe con una mezcla de angustia y resignación. No padece asma, pero admite que en noches cargadas de humo apenas puede dormir. La preocupación no es solo la molestia inmediata, sino el daño silencioso que una exposición constante puede provocar en la salud, sobre todo en los niños.

Otros testimonios desmontan la idea de que el humo proviene únicamente de fogones domésticos o de vecinos quemando hojas secas. Varias denuncias apuntan a vertederos improvisados donde los desechos arden durante horas. En zonas cercanas a áreas boscosas, la escena resulta todavía más alarmante.

En medio de una sequía que castiga la isla, cualquier chispa mal controlada puede convertirse en un problema mayor. Sin embargo, la quema de basura parece haberse normalizado como una “solución práctica”, aun cuando el riesgo de incendios y la contaminación del aire son evidentes.

Vecinos de Palatino y Vía Blanca relatan situaciones que dejan un sabor amargo. No se trata solo de acciones individuales. Según denuncian, incluso estructuras estatales vinculadas a servicios comunales estarían recurriendo a la quema de desechos. Un residente asegura que el fuego llegó a salirse de control, obligando la intervención de bomberos.

El cuadro descrito por quienes recorren la ciudad de noche es casi surrealista. Calles envueltas en una capa gris, luces difusas, olor penetrante. “Parece neblina”, comentan algunos. Pero no es bruma natural, es humo. Basura.

Las consecuencias van más allá del malestar respiratorio. Incendios cercanos a zonas urbanas amenazan cables eléctricos, postes telefónicos y otras infraestructuras ya deterioradas. En una ciudad donde los servicios básicos viven al límite, cualquier daño adicional agrava un panorama de por sí crítico.

La pregunta empieza a repetirse entre comentarios, publicaciones y conversaciones de pasillo: ¿cómo llegó La Habana a este punto? Porque cuando el aire se vuelve irrespirable dentro de las propias casas, la crisis deja de ser abstracta. Se vuelve física. Se inhala.

Mientras el discurso oficial insiste en culpar factores externos y vender relatos de “resistencia creativa”, la realidad que narran los ciudadanos es otra. Una capital donde el humo no es metáfora política, sino una molestia tangible que arde en la garganta.

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