Ministro de Salud Pública reconoce públicamente que el «sistema de salud cubano está al borde del colapso»

Redacción

El discurso oficial volvió a sonar. El ministro José Ángel Portal Miranda insistió ante The Associated Press en que la debacle del sistema de salud cubano se debe al cerco energético de Washington. Según su versión, la falta de petróleo habría empujado a la sanidad nacional “al borde del colapso”, una frase que ya casi forma parte del libreto habitual cuando la realidad aprieta.

Pero más allá del relato político, lo cierto es que la crisis se siente en la piel de los pacientes. De acuerdo con los propios datos expuestos por Portal, millones de cubanos con enfermedades crónicas estarían viendo interrumpidos medicamentos y terapias. Entre ellos, miles de enfermos oncológicos atrapados en la incertidumbre, pendientes de tratamientos tan delicados como la radioterapia o la quimioterapia.

El deterioro, explicó el ministro, se habría acelerado en semanas recientes. Ambulancias que no logran salir por falta de combustible. Hospitales castigados por apagones interminables. Vuelos suspendidos porque los aeropuertos no pueden garantizar repostaje. Un panorama que dibuja algo más profundo que una coyuntura: un sistema que lleva años resquebrajándose.

Las áreas médicas bajo mayor tensión no sorprenden. Cardiología, ortopedia, oncología. También los pacientes críticos, cuya vida depende de equipos eléctricos que, en medio de cortes constantes, se convierten en un lujo incierto. En la práctica, cada apagón es una ruleta rusa clínica.

Desde el propio Ministerio de Salud se reconocieron afectaciones en servicios sensibles. La atención materno-infantil, la hemodiálisis, los tratamientos contra el cáncer. Todo en un contexto marcado por la escasez crónica de combustible, un problema que la narrativa oficial intenta simplificar, pero que en la calle se traduce en angustia pura.

El episodio energético se agravó tras medidas firmadas por Donald Trump, que endurecieron la presión sobre los países vinculados al suministro de crudo hacia la Isla. La respuesta interna fue un plan de emergencia que redujo operaciones a niveles mínimos. Salud y transporte, otra vez, en modo supervivencia.

En medio del caos, La Habana abrió una puerta inesperada: pequeños empresarios autorizados a gestionar combustible por su cuenta. Una decisión que muchos leen no como reforma estratégica, sino como admisión tácita de incapacidad estatal para sostener servicios básicos.

Conviene recordar que la sanidad cubana ya venía herida de antes. Años de falta de insumos, carencias de medicamentos y un éxodo médico que no se detuvo tras la pandemia de COVID-19. Miles de profesionales abandonaron el país, cansados de salarios simbólicos y condiciones cada vez más precarias. El resultado es visible: hospitales deteriorados y plantillas desangradas.

Mientras tanto, la población se las ingenia como puede. El mercado negro de medicamentos dejó de ser excepción para convertirse en rutina. Conseguir una simple pastilla puede implicar largas búsquedas, favores, o precios que duelen más que la enfermedad.

Portal habló de adaptación. Paneles solares en algunas instalaciones. Prioridad a niños y ancianos. Pero incluso en ese intento asoma la fragilidad: tecnologías avanzadas limitadas, estudios pospuestos, diagnósticos retrasados. En otras palabras, más medicina de emergencia, menos medicina moderna.

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