La quema de basura en ciudades cubanas ya no sorprende a nadie. Se ha vuelto parte del paisaje urbano, una consecuencia directa del colapso del sistema de recogida de desechos que golpea a la Isla de punta a punta.
En redes sociales, las denuncias brotan a diario. La Habana, Matanzas, Manzanillo… cambian los nombres, pero la escena es casi calcada: microvertederos improvisados, humo espeso y vecinos tratando de sobrevivir entre malos olores y cenizas flotando en el aire.
Desde El Cerro, en la capital, un usuario resumió el drama con una frase que suena más a grito que a comentario digital. Hablaba de gente “ahogándose los unos a los otros”, mientras describía edificios rodeados de humo y varios focos de fuego visibles desde las ventanas.
Las imágenes compartidas no dejan mucho a la imaginación. Columnas grises elevándose entre bloques residenciales, calles cubiertas por una neblina tóxica y la sensación de que lo excepcional se volvió rutina.
En Matanzas, la historia se repite con matices igual de crudos. Testimonios publicados en redes describen cómo el humo irrita la garganta incluso antes de identificar el origen del incendio. No es metáfora. Es literalmente respirar basura quemada.
Vecinos cruzan calles envueltas en esa bruma densa, muchos con niños y ancianos. El olor a desechos calcinados lo invade todo. La vida cotidiana transcurre, pero bajo un aire que cada vez pesa más.
En Manzanillo, incluso medios oficiales han tenido que reconocer lo evidente. Hablan de microvertederos que nacen de una simple bolsa y terminan convertidos en auténticas montañas de desperdicios. Basura acumulada que nadie recoge y que tarde o temprano alguien decide quemar.
Las propias advertencias institucionales mencionan los riesgos. La incineración de residuos libera compuestos altamente tóxicos, asociados a problemas respiratorios y cardiovasculares. Aun así, la práctica sigue creciendo, empujada por la desesperación y la falta de alternativas reales.
La Habana carga con uno de los panoramas más alarmantes. Con una flota de camiones seriamente mermada, la acumulación de basura en esquinas y avenidas se ha disparado. Donde el Estado debería garantizar un servicio básico, lo que abunda es el abandono.
Ante moscas, ratas y hedor, algunos residentes optan por la salida más inmediata: prender fuego. Una solución que parece rápida, pero que multiplica los daños, transformando un problema visible en una amenaza mucho más silenciosa.
Especialistas llevan tiempo alertando sobre las consecuencias. Quemar desechos en zonas urbanas libera partículas finas y metales pesados capaces de agravar el asma y detonar enfermedades respiratorias crónicas. Los más vulnerables, como suele ocurrir, son niños y ancianos.
El impacto no se queda en el aire. Las cenizas contaminan el suelo, se dispersan por las viviendas y pueden filtrarse hacia fuentes de agua. Lo que empieza como un acto desesperado termina ampliando el círculo de riesgos.
Pero más allá del ángulo ambiental, lo que asoma es un desgaste social profundo. La sensación de deterioro constante, de barrios que se degradan poco a poco, entre incendios improvisados y servicios públicos que simplemente no funcionan.
Las palabras que circulan en redes transmiten cansancio, frustración, hartazgo. No se trata solo de basura acumulada, sino de una crisis estructural que expone la incapacidad del modelo estatal para sostener algo tan elemental como la higiene urbana.
La normalización del humo, de los vertederos callejeros y del aire irrespirable revela hasta qué punto se ha distorsionado la vida cotidiana en Cuba. Lo que en cualquier país sería escándalo sanitario, en la Isla corre el riesgo de convertirse en costumbre.







