Con su estilo ya conocido, cargado de retórica y confrontación, el canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla volvió a tomar la tribuna internacional para insistir en el relato oficial del régimen. Desde el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, el diplomático aseguró que Cuba enfrentará “privaciones y sufrimientos”, pero que no cederá en su soberanía.
El discurso, lejos de sorprender, repitió el guion habitual. Washington fue presentado como el gran responsable de todos los males de la Isla, descrito como una potencia que —según la narrativa oficial— impone un orden global injusto y agresivo. La culpa, otra vez, siempre viene de afuera.
Rodríguez Parrilla abrió su intervención con fuertes críticas hacia Estados Unidos, acusándolo de ejercer un dominio internacional basado en la imposición y el despojo. Un lenguaje grandilocuente que contrasta con la realidad cotidiana de millones de cubanos atrapados en apagones, escasez y salarios pulverizados.
En ese contexto, el canciller apuntó directamente a la orden ejecutiva firmada por Donald Trump el pasado 29 de enero. La calificó como un acto de castigo colectivo y sostuvo que forma parte de una estrategia para asfixiar energéticamente a la Isla. El cerco energético volvió a ocupar el centro del relato.
Sin embargo, el funcionario no pasó por alto un detalle inevitable. Reconoció que el escenario actual traerá dificultades severas, aunque intentó revestir el mensaje de épica. Habló de un pueblo consciente, instruido y valiente, respaldado —según sus palabras— por sistemas sólidos de educación, salud y ciencia.
La descripción suena potente en la tribuna diplomática, pero choca con una infraestructura nacional visiblemente deteriorada. Hospitales golpeados por apagones, transporte público colapsado y una economía en estado crítico forman parte de un paisaje que los cubanos conocen demasiado bien.
El discurso se produce en medio de un contexto geopolítico particularmente tenso. Tras los recientes acontecimientos en Venezuela, la Isla perdió su principal fuente de petróleo, un golpe que agudizó aún más la crisis energética en Cuba. El impacto ha sido directo y devastador.
La reducción de suministros ha disparado apagones prolongados, paralización de servicios y serias afectaciones en la movilidad y el abastecimiento. La vida diaria se reorganiza al ritmo de la falta de electricidad, mientras el Gobierno insiste en hablar de resistencia y creatividad.
Desde Washington, la postura pública también se ha endurecido. La Casa Blanca ha reiterado la necesidad de transformaciones profundas en Cuba, señalando que el modelo económico del régimen muestra signos evidentes de agotamiento. El pulso político se mantiene en alto voltaje.
Al mismo tiempo, persisten rumores sobre contactos discretos entre actores de ambos gobiernos. Versiones no confirmadas sugieren conversaciones en marcha, en un escenario donde la estabilidad futura de la Isla se convierte en tema de interés estratégico.
Mientras tanto, en redes sociales, las reacciones al discurso del canciller no se hicieron esperar. Numerosos usuarios cuestionaron que el régimen continúe responsabilizando exclusivamente a Estados Unidos, ignorando décadas de errores internos, ineficiencia y decisiones económicas fallidas.
La percepción de muchos cubanos es clara. Más allá de sanciones y tensiones externas, la crisis estructural del país tiene raíces profundas en la propia gestión del sistema estatal, incapaz de sostener niveles básicos de bienestar y funcionamiento.
Rodríguez Parrilla cerró su intervención apelando a la unidad nacional y reiterando la disposición de La Habana a dialogar con Washington. Una oferta que, como tantas otras veces, llega envuelta en condiciones y principios que rara vez se traducen en cambios tangibles.







