Si alguien te dijera que en Cuba comer frutas se ha vuelto un lujo, probablemente pensarías que exagera. Pero no, lamentablemente esa es la realidad. Food Monitor Program (FMP), la organización que sigue de cerca la seguridad alimentaria en la isla, lo ha dejado muy claro: conseguir fruta fresca se está convirtiendo en una misión casi imposible para muchos cubanos.
En su publicación reciente en X (antes Twitter), FMP explicó que los precios desorbitados, la escasez constante y los problemas estructurales del sistema alimentario han hecho que la fruta pase de ser un alimento cotidiano a un lujo casi inalcanzable. Y lo más preocupante es que esto no afecta solo al capricho de un antojo, sino a la alimentación básica y la salud de la población.
La situación es producto de varios factores combinados. La baja productividad agrícola, la falta de insumos y las limitaciones logísticas han debilitado la cadena de producción y distribución. A eso se suma que no hay incentivos claros para que los productores puedan mejorar la oferta. Mientras tanto, la inflación y la caída del poder adquisitivo de salarios y pensiones estatales hacen que incluso una compra sencilla sea un dolor de cabeza para muchas familias.
Los números son alarmantes. FMP comparó los precios de algunas frutas con los ingresos promedio: una libra de mandarina puede costar hasta 1.300 pesos cubanos, más de la mitad de una pensión mensual promedio de 2.192 CUP. Una piña se acerca a los 600 CUP, lo que equivale a más de un cuarto de esa pensión. Y frutas más económicas como la frutabomba, a 555 CUP por tres libras, siguen siendo un golpe significativo para el bolsillo de quien percibe un salario promedio de 6.506 CUP.
La escasez y los precios altos no son un problema menor: afectan especialmente a niños y adultos mayores, quienes necesitan una dieta balanceada y rica en vitaminas. La falta de frutas y micronutrientes agrava la inseguridad alimentaria y se combina con otros problemas de salud pública, como el deterioro del sistema de higiene y epidemiología, dejando a la población en una situación de vulnerabilidad constante.
En pocas palabras, la crisis no es solo económica, es también alimentaria y sanitaria. Mientras los cubanos intentan ajustar su presupuesto diario, las frutas, que deberían ser un alimento básico, se han convertido en un lujo casi prohibitivo. Esta realidad refleja la urgencia de soluciones estructurales para garantizar que la comida nutritiva no sea un privilegio sino un derecho al alcance de todos.







