“Perdí todo”: El incendio que dejó en la calle a una madre y tres niños en Santiago

Redacción

En Santiago de Cuba, el grito de una madre volvió a sacudir las redes: “Perdí todo”. Y no es una frase lanzada al aire. Es el resumen brutal de lo que quedó tras un incendio que arrasó con su casa y con la poca estabilidad que tenía. Detrás del titular hay tres niños, una madrugada de terror y una realidad que ya no cabe en estadísticas ni discursos oficiales.

Arlenis López, santiaguera de a pie, contó públicamente que lo perdió absolutamente todo en un fuego ocurrido en la madrugada del martes, en El Alto de la Ceiba, específicamente en la finca Flor de Lis. No estamos hablando de daños parciales ni de “algo se salvó”. Según su propio testimonio, las llamas no dejaron margen para rescatar casi nada.

En el grupo de Facebook MIPYME Santiago de Cuba, Arlenis escribió con la angustia de quien no sabe por dónde empezar de nuevo: “Soy madre de tres niños, perdí todo en un incendio…”. El fuego se llevó ropa, zapatos, mochilas escolares, libros, muebles… cada objeto que construía su día a día. Lo que para algunos puede ser “cosas materiales”, para ella era el sustento mínimo de su familia.

Y cuando dice que es madre de tres, no es un detalle menor. Tiene una niña de 12 años, un niño de 11 y una pequeña de apenas cinco. Tres menores que, de un día para otro, se quedaron sin casa, sin útiles escolares y sin ese espacio que llamaban hogar. Imagínate explicarle a un niño que su cuarto ya no existe.

Tras el siniestro, Arlenis hizo lo que cualquier ciudadano haría: acudir a las instituciones estatales en busca de ayuda. Pero la respuesta, según su relato, fue un balde de agua fría. Le dijeron que “no hay recursos”. Lo único que podrían ofrecerle serían unas tejas negras de chapapote y, tal vez, una ayuda futura para reconstruir la vivienda. Una promesa que, según ella misma teme, podría quedarse en el aire.

“Quisiera saber a dónde tendré que dirigirme para que me den una respuesta aceptable”, escribió. Y esa pregunta resume la incertidumbre total en la que ha quedado su familia: sin casa, sin bienes y sin una solución clara.

Aunque no se han hecho públicas las causas oficiales del incendio, el contexto no ayuda. En Cuba, los apagones prolongados forman parte de la rutina diaria. La falta de electricidad obliga a muchas familias a usar velas, lámparas improvisadas o inventos caseros para alumbrarse. Cada noche sin luz es también un riesgo latente.

A eso se suma la escasez de gas y las dificultades para cocinar con electricidad cuando el servicio es inestable. Muchas personas recurren a leña, carbón o métodos improvisados dentro de casas pequeñas y, en muchos casos, deterioradas. La mezcla de precariedad, materiales inflamables y estrés diario crea el escenario perfecto para que una chispa lo cambie todo en minutos.

Y en la Cuba actual, perderlo todo no es solo una tragedia emocional: es una condena económica. Con inflación disparada, salarios bajos y mercados desabastecidos, reponer muebles, electrodomésticos, ropa o útiles escolares se convierte en una misión casi imposible. Empezar desde cero no es una frase motivacional; es una pesadilla real.

El caso de Arlenis no es un hecho aislado. Es el reflejo de hogares vulnerables, infraestructuras deterioradas y una crisis energética que multiplica los riesgos cotidianos. Cada apagón no solo deja a oscuras a millones, también expone a familias enteras a peligros que pueden terminar en pérdidas irreparables.

Mientras Arlenis espera una respuesta concreta, su historia se suma a la de muchas otras familias que enfrentan la devastación total sin un respaldo eficaz. Porque en medio de la crisis, reconstruir no es simplemente levantar paredes: es luchar contra un sistema donde, muchas veces, la ayuda llega tarde… o nunca llega.

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