Bruno Rodríguez mete miedo a los cubanos asegurando que si los EE.UU. intervienen en Cuba dejarán «un baño de sangre»

El canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla volvió este miércoles con el mismo libreto de las últimas semanas: advertencias apocalípticas, amenazas de “catástrofe humanitaria” y el eterno discurso victimista del régimen cubano cada vez que siente presión internacional encima.

A través de Facebook, el funcionario lanzó otra alarma asegurando que una acción militar de Estados Unidos contra Cuba provocaría “un baño de sangre” y la muerte tanto de cubanos como de estadounidenses. Según Rodríguez, quienes impulsan ese escenario son políticos “que nunca mandan a sus hijos a la guerra”, en una frase claramente dirigida a Washington y a figuras de línea dura contra La Habana.

Pero detrás de toda esta retórica incendiaria hay algo que muchos cubanos ya tienen claro: el régimen intenta mover el foco de la crisis interna brutal que vive la Isla. Mientras el país atraviesa apagones históricos, hambre, escasez de medicinas y un éxodo masivo sin precedentes, la cúpula gobernante vuelve a refugiarse en el viejo discurso de “la amenaza externa”.

Rodríguez insistió en que Cuba “no representa ninguna amenaza” para Estados Unidos y aseguró que las presiones responden únicamente al deseo de cambiar el sistema político de la Isla. Sin embargo, el tono dramático utilizado por el canciller ya se ha repetido casi palabra por palabra durante los últimos días, dejando ver una estrategia coordinada de propaganda política desde La Habana.

Esta es ya la quinta vez en menos de dos semanas que el canciller cubano sale públicamente hablando de un posible conflicto con Estados Unidos. El patrón comenzó el pasado 2 de mayo, cuando respondió a declaraciones del expresidente Donald Trump afirmando que “los cubanos no se dejan intimidar”. Desde entonces, cada intervención oficial ha ido subiendo el tono.

En entrevistas recientes, Rodríguez llegó incluso a hablar de “genocidio” y aseguró que Cuba respondería con “legítima defensa hasta las últimas consecuencias”. También calificó las restricciones energéticas y económicas como “actos de guerra”, intentando presentar las nuevas sanciones como una agresión militar indirecta.

Todo esto ocurre después de que Trump firmara la Orden Ejecutiva 14404, una medida que endurece todavía más las sanciones contra el régimen y abre la puerta a castigos secundarios para empresas y entidades extranjeras que mantengan negocios con La Habana.

La situación se tensó aún más cuando el secretario de Estado Marco Rubio anunció sanciones directas contra GAESA, el gigantesco conglomerado militar que controla buena parte de la economía cubana, incluyendo hoteles, tiendas en divisas, puertos y sectores estratégicos del país. Para muchos analistas, este golpe toca directamente el corazón financiero del poder militar cubano.

Las instituciones financieras extranjeras recibieron plazo hasta junio para cortar vínculos con GAESA o enfrentar sanciones. Y curiosamente, casi al mismo tiempo, varias empresas estatales cubanas comenzaron a mostrar señales de asfixia económica, incluyendo operaciones paralizadas en sectores clave como la minería.

Mientras tanto, desde La Habana intentan mantener el discurso épico de resistencia. Pero cada vez resulta más difícil vender esa narrativa a un pueblo agotado por la realidad diaria. Porque el verdadero enemigo que hoy destruye la vida de los cubanos no llega en portaaviones: está dentro del propio sistema que gobierna hace más de seis décadas.

La contradicción es evidente. Mientras el canciller habla de hipotéticas guerras futuras, millones de cubanos enfrentan una guerra cotidiana contra el hambre, los apagones y el colapso económico. Hospitales sin recursos, termoeléctricas destruidas, salarios pulverizados y barrios enteros sobreviviendo en condiciones límite forman parte del panorama real de la Isla.

En medio de ese escenario, el régimen vuelve a apostar por la confrontación política y el miedo como herramienta de movilización. Una fórmula vieja que durante décadas le funcionó para justificar el desastre interno, pero que hoy encuentra cada vez más rechazo dentro y fuera de Cuba.

Y aunque desde Washington ya aclararon que no existen acciones militares inminentes contra la Isla, la maquinaria propagandística del castrismo parece decidida a seguir alimentando el relato de “plaza sitiada”. Porque cuando la crisis interna explota por todos lados, fabricar enemigos externos sigue siendo una de las pocas cartas que le quedan al poder cubano.