El primer ministro del régimen cubano, Manuel Marrero Cruz, encabezó este jueves una reunión de emergencia en el Despacho Provincial de Carga de La Habana para enfrentar la creciente crisis energética que mantiene a la capital al borde del colapso social.
La cita ocurrió después de varias noches de protestas, barricadas, fogatas y cacerolazos en distintos municipios habaneros, donde miles de personas han estallado contra apagones de hasta 22 horas diarias.
La principal “solución” anunciada por el régimen fue revisar nuevamente la rotación de bloques y circuitos eléctricos en La Habana. Según explicaron las autoridades, la intención ahora es repartir los apagones de manera “más equitativa” entre los barrios, priorizando las zonas que acumulan más tiempo sin corriente.
En otras palabras: no prometieron acabar con los apagones… sino reorganizar mejor el sufrimiento.
El ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, volvió a justificar el desastre energético culpando a la falta de combustible y a la salida inesperada de varias plantas generadoras.
También aseguró que continúan trabajando para reconectar completamente el Sistema Eléctrico Nacional en las provincias orientales, donde el colapso energético ha sido todavía más severo.
Entre las medidas anunciadas apareció además el aumento de brigadas de respuesta rápida para atender averías y transformadores dañados, uno de los problemas que más afecta actualmente a barrios enteros de la capital y del interior del país.
Pero el detonante inmediato de esta reunión fue otro golpe brutal al sistema eléctrico cubano: la novena avería en 2026 de la termoeléctrica Antonio Guiteras, la planta más importante del país.
La Guiteras salió del sistema durante la madrugada del jueves tras detectarse un salidero en la caldera, provocando un efecto en cadena que terminó afectando el servicio eléctrico desde Ciego de Ávila hasta Guantánamo.
El apagón masivo terminó siendo la chispa que encendió la calle.
En municipios como Guanabacoa, Marianao, Playa, San Miguel del Padrón, Luyanó y Habana del Este, vecinos salieron a protestar cansados de vivir entre calor, oscuridad, escasez y promesas vacías.
Las imágenes que circularon en redes sociales mostraron calles bloqueadas, fogatas encendidas en plena noche y enfrentamientos verbales con la policía mientras aumentaba la tensión en la capital.
En medio de ese panorama, incluso figuras importantes dentro del Partido Comunista terminaron admitiendo públicamente el desastre organizativo.
Roberto Morales Ojeda reconoció durante la reunión que todavía existen enormes problemas “organizativos y subjetivos” relacionados no solo con la electricidad, sino también con el suministro de agua, la elaboración de alimentos y la comunicación con la población.
Una admisión poco habitual dentro de un aparato político acostumbrado durante años a negar o maquillar las crisis internas.
Al cierre de la sesión, Marrero intentó bajar la presión política lanzando un mensaje dirigido a los cuadros del régimen: abandonar las oficinas y salir a las calles.
“No son tiempos de oficina, sino de estar en la calle junto al pueblo, allí donde están los problemas”, declaró el primer ministro.
Pero para muchos cubanos, la frase sonó más a reacción desesperada que a verdadera solución.
Porque mientras los dirigentes hablan de reorganizar apagones y fortalecer brigadas, la realidad en la isla sigue siendo una mezcla explosiva de oscuridad, hambre, inflación y cansancio acumulado.

